Esperanza


El estruendo le hizo despertar de su letargo. Sacó la cabeza de debajo del ala y miró a su alrededor intentando averiguar de dónde procedía aquel intenso ruido. Sus compañeras estaban igual de confundidas que ella y se movían agitadas en las jaulas. En un rápido vistazo a la habitación se dio cuenta de que el bullicio no provenía de su palomar, sino del exterior. Voló hasta el palo más alto de la jaula, echó a empujones a un par de compañeras, que la miraron molestas, y estiró el cuello todo lo que pudo para poder ver la calle a través de la ventana. Sin embargo, el palomar estaba a tanta altura que solo fue capaz de distinguir algunos tejados.

En ese momento las campanas de toda la ciudad comenzaron a tañer. Probablemente el estrépito con el que sonaban era el mismo de todos los días, mas a ella le pareció que lo hacían más fuerte de lo normal, y los gritos de la población quedaron ensordecidos. El ruido fue en aumento, así como el nerviosismo de las palomas. Los gorjeos de sus compañeras se hicieron cada vez más intensos, y cuando una fuerte explosión hizo que el palomar entero temblase, algunas intentaron alzar el vuelo asustadas, pero las puertas de las jaulas estaban cerradas, y ninguna pudo salir. En unos segundos la habitación entera se convirtió en un caos de zureos, plumas y garras. Intentó imponerse y calmar a las excitadas palomas; lanzó picotazos a las que tenía más cerca, pero ninguna reaccionó; mucho menos la escucharon.

Impotente, volvió a echar un vistazo al exterior. A lo lejos divisó varias columnas de humo. La ciudad estaba ardiendo. Uno de los pocos tejados que alcanzaba a ver estalló en llamas y el olor de la pólvora y la sangre llegó hasta allí arriba.

De pronto, la puerta del palomar se abrió, y sus compañeras comenzaron a gorjear histéricas. Un hombre con una túnica negra y la cara llena de sangre y barro se acercó a ellas. Cuando se encontraba a unos pasos de su jaula, la paloma reconoció, debajo de aquella gruesa capa de suciedad, los rasgos de su cuidador. «¿Qué es lo que ocurre? ¿Por qué tienes ese aspecto?», quiso preguntarle.

Con dedos temblorosos, el hombre quitó el seguro de las jaulas y abrió todas las puertas. Las palomas salieron de su confinamiento al instante y volaron, aterrorizadas, a través de la ventana.

—¡Volad, queridas mías! ¡Volad! Sois nuestra única salvación. La ciudad se encuentra bajo asedio, estamos sitiados y no aguantaremos mucho tiempo más. Id a pedir ayuda. ¡Volad!

Ella fue una de las últimas en abandonar la jaula, y cuando miró al exterior la devastación que se mostró ante sus ojos la dejó paralizada sobre el alféizar de la ventana durante unos segundos.

La bella y próspera ciudad que conocía había desaparecido bajo una densa nube de humo. Todos los edificios de madera estaba ardiendo, y tan solo algunos palacios de piedra y mármol seguían aún en pie, muy pocos de ellos intactos. Las puertas de la ciudad eran golpeadas sin descanso por enormes arietes, y parecían a punto de resquebrajarse. Los defensores de las murallas se encontraban en serios apuros: el ejército invasor había conseguido colocar un sinfín de escalas a lo largo del muro exterior, y cientos de soldados enemigos trepaban por ellas. Allí, en la parte más alta del baluarte, la sangre de unos y otros corría hasta llegar al suelo. La batalla era intensa, violenta; a muerte.

Mirase donde mirase solo se veían tropas enemigas. Estaban completamente rodeados. Las huertas y pastos que proveían a la ciudad se encontraban llenos de tiendas, catapultas y hombres armados. Los caminos de entrada y salida de la ciudad estaban bloqueados. Y por el tumulto que se había formado en la entrada de los pasadizos subterráneos, supuso que aquellas vías de escape también estaban cerradas. Solo existía una forma posible de salir de la ciudad: el cielo. Y los humanos no poseían la capacidad de volar.

Con las lágrimas anegando sus ojos, la paloma alzó el vuelo. Era consciente de que ellas eran las únicas que podían salvar a su gente. Las únicas capaces de sobrepasar el muro que las tropas enemigas habían formado, abandonar la ciudad y pedir ayuda.

Abducido


Llevaba encerrado en aquella habitación ocho meses. Era una estancia pequeña y sin ventanas. Las paredes estaban acolchadas y, en el interior, solo había un estrecho camastro, bastante incómodo, y una fina sábana blanca.

Por lo general solía estar solo, y utilizaba las horas muertas para intentar comprender y analizar el idioma de mis captores. No tenía ni idea de cómo llegué hasta allí. Un día, mientras paseaba por la calle, vi un intenso fogonazo encima de mí, escuché unos pitidos muy agudos y, al momento, todo comenzó a vibrar. Perdí el conocimiento. Cuando me desperté, lo hice en esa habitación. Desde que llegué no vi nada más allá de esas cuatro paredes, pero sabía que no me encontraba en La Tierra porque el aspecto de los que me tenían prisionero no era humano.

Nunca me planteé la idea de creer o no en los extraterrestres, pero jamás se me hubiese ocurrido pensar que serían así: su cuerpo era azul oscuro, con un sinfín de pliegues y arrugas, pero sin un solo cabello. No llevaban ropa, pero tenían un caparazón blanco que les cubría casi por entero, tan solo la cabeza, las manos y los pies quedaban al descubierto. Sus rostros eran alargados, así como las orejas. Sus ojos eran enormes, de un negro intenso, y los dientes, igual de blancos que el caparazón exterior.

Tres veces al día, uno de ellos entraba en mi habitación con una bandeja de comida. Al principio no estaba seguro de si la comida extraterrestre sería comestible para los humanos, pero después de dos jornadas en ayunas, cuando el estómago me gruñía con fuerza, no me quedó más remedio que probarla. No era gran cosa, tenía una consistencia gelatinosa y era bastante insípida, pero era comestible, y eso era lo que importaba.

El extraterrestre que me traía la comida siempre se sentaba en mi cama y me miraba durante varios minutos. Yo le devolvía la mirada, receloso, hasta que, al final, se acercaba a mí y me hablaba. Sin embargo, nunca llegué a entender lo que decía. Puse todo mi empeño en comprenderlo, por preguntarle dónde estaba y qué era lo que quería de mí, pero por más que lo intenté, nunca conseguí hacerme entender. Con el paso del tiempo conseguí distinguir su nombre entre el caos de sonidos que emitía, sin embargo, mi garganta humana no estaba preparada para articular algo parecido, y jamás pude comunicarme con él.

Nunca me hicieron daño, me alimentaron y me trataron con amabilidad. Eran unos extraterrestres con unos modales impecables, pero por mucha cortesía que tuviesen, yo seguía estando encerrado sin saber dónde o por qué, y aquello fue haciéndome mella. Además, la incapacidad para poder hablar con ellos me acabó por exasperar, y tomé una decisión extrema: cuando aquel día mi captor fuese a traerme la comida, le esperaría en el umbral de la puerta, lo derribaría y me escaparía. No tenía ni idea de lo que me esperaba al otro lado, pero estaba seguro de una cosa: si me quedaba más tiempo en aquella habitación, acabaría por volverme loco.


Llevaba trabajando en el mismo centro psiquiátrico desde hacía diez años. Nunca se me dio bien estudiar, y acabé en aquel lugar de manera fortuita. Sin embargo, allí encontré mi vocación. Me sentí útil desde el primer día. Mi enorme corpulencia, de la que siempre había tenido complejo, fue un gran punto a favor, y a las pocas semanas ya ayudaba a tratar a los pacientes más violentos.

Era un centro privado, y todos llevábamos el mismo uniforme: un chándal azul oscuro. Solo se podía distinguir a los médicos de los demás trabajadores por la típica bata blanca que llevaban sobre el chándal. Al doctor Gutiérrez, el médico al que solía ayudar, no le gustaba esa diferenciación.

—Solo hace crecer el ego de los petulantes —decía.

Pero los dos sabíamos que era necesario, imponía respeto, y eso era algo que los pacientes, y muchos de sus familiares, necesitaban.

Una de las personas que llevaba más tiempo ingresada era Carolina. Tenía cincuenta y seis años y llegó el día en que cumplió los dieciocho. Su diagnóstico era esquizofrenia con un mal control de los síntomas psicóticos. Las psicosis no le solían durar mucho, pero era una mujer con una enorme fuerza, medía más de un metro ochenta y pesaba casi ciento diez kilos. Así que, desde que entré a trabajar allí, fui uno de los encargados de sus cuidados.

En aquellos momentos se encontraba en mitad de un brote, pero en esa ocasión se había desarrollado sin ningún tipo de violencia, algo poco común en ella, por lo que pasó inadvertido hasta que el doctor Gutiérrez se dio cuenta y me llamó a la sala principal.

Entre cadáveres y a espadazos


Mentiría si dijese que nunca lo había visto pelear. Nos conocemos desde que somos unos niños, su padre nos enseñó a usar la espada, y alguna que otra vez hemos acabado envueltos en una pequeña pelea que ha dejado cicatrices en la piel. Sin embargo, nuestra vida nunca había estado en un peligro real hasta este momento.

Hace unas semanas el señor feudal convocó a todos sus vasallos, y no nos quedó más remedio que dejar nuestros hogares y unirnos a su ejército para librar una lucha que no nos incumbe y de la que no tenemos ni idea. Marchamos durante largas y agotadoras jornadas. A los pocos días abandonamos cualquier territorio conocido para adentrarnos en una tierra hostil en las que solo se nos mira con gesto sombrío.

La contienda comenzó con los primeros rayos del sol, y en estos momentos el campo de batalla es un cementerio. No sé si habrá un vencedor y un vencido. Miles de hombres yacen en el suelo, muchos muertos; otros agonizando. Todos estamos cubiertos de sangre y con las energías a punto de agotarse. Casi no puedo levantar la espada, la cota de malla me pesa tanto que hasta andar es un suplicio. Me gustaría quitarme el casco, que me oprime y no me deja respirar, pero los enemigos aún nos rodean.

Él está delante de mí. Jadea y resopla con fuerza, está tan agotado como yo. La sangre le corre por la cara y hace tiempo que perdió su espada. Lucha con el cuchillo de caza que mi abuelo le regaló cuando cumplió doce años. Lo maneja con soltura, y cada uno de sus ataques es mortal. A pesar del tremendo cansancio que se refleja en su rostro, sus movimientos son elegantes y precisos. Se mueve de un lado para otro, atacando y defendiendo, con la misma gracia que siempre le caracterizó.

Quizá sea por el lugar o por la tensión del momento. Por saber que nuestras vidas penden de un hilo, o porque aquel puede ser nuestro final. Pero durante unos segundos no puedo evitar bajar la guardia y mirarlo con detenimiento. Su amplio torso está cubierto por una malla que le protege de los ataques enemigos, sin embargo, eso no impide que mi imaginación vuele. A lo largo de los años he podido sentir la dureza de sus músculos, la fuerza de su cuerpo y el calor que desprende. Su olor siempre me ha resultado confortante, pero nunca había despertado ninguna otra sensación, hasta este momento. No sé dónde nos encontramos: el paraje me resulta extraño, y los hombres que hay a mi alrededor son unos completos desconocidos. Lo único familiar es él. Su voz, su cuerpo, sus gestos y su olor.

Cuando nuestros ojos se encuentran veo que en su rostro hay una mirada confusa y apremiante. Se acerca a mí con rapidez y me da un fuerte golpe que me hace caer al suelo. Durante unos segundos solo puedo ver su cuerpo delante de mí. Su espalda, sus piernas, sus manos… Hace muchos años que no siento una atracción tan fuerte por nadie, y es posible que si esto hubiese pasado en otro lugar, en otro momento, me habría cuestionado estas sensaciones. Por aquí, con la muerte a un paso, lo único que puedo sentir es que una parte de mí comienza a crecer.

—¿Qué mierdas te pasa? —pregunta dejando caer el cuerpo de un soldado a mi lado—. Como no te concentres acabaremos siendo alimento para los cuervos.

Soy incapaz de reaccionar hasta que no me da un fuerte puntapié que me obliga a volver a la realidad.

—¡Despierta! ¡Maldita sea! —grita mientras se lanza contra el nuevo enemigo que se acerca a nosotros.

El dolor hace que los pensamientos desaparezcan y me uno a la batalla.

No sabría decir si han pasado horas, minutos o segundos, pero cuando las trompas anuncian el final de la contienda suspiro aliviado. Hemos sobrevivido. Me giro hacia él, su sonrisa es enorme, sus ojos refulgen de alegría y nos fundimos en un largo abrazo que hace que todos los pensamientos apartados regresen con fuerza. Está tan cerca de mí que noto su calor envolverme. Su cuerpo firme pegado al mío, sus músculos, su sudor en mis manos, y vuelvo a crecer. Me separo de él con rapidez para evitar que se dé cuenta y le miro un poco asustado, pero su expresión es tranquila y me relajo al momento.

—Volvamos al campamento —dice apoyando un brazo sobre mis hombros.

El camino de regreso es eterno. No me suelta en ningún momento, y nuestros cuerpos chocan a cada paso que damos. Soy tremendamente consciente de los lugares en los que estamos en contacto, y los roces hacen que mi excitación aumente tanto, que me empieza a doler.

Cuando Hitler robó el conejo rosa. Reseña


Título: Cuando Hitler robó el conejo rosa. 
Título original: When Hitler Stole Pink Rabbit. 
Autor: Judith Kerr. 
Año de publicación: 1971 
Editorial: Alfaguara. 

En esta corta novela, Anna; una niña alemana judía, nos cuenta su experiencia de cómo ella y su familia tuvieron que huir del gobierno Nazi y cómo fue su vida de refugiados en Suiza, Francia y más tarde en Inglaterra.

Es una historia autobiográfica de la propia autora, Judith Kerr.


Sinopsis:

La llegada de Hitler al poder va a cambiar radicalmente la vida de Anna y su familia. En su huida del horror nazi, deberán abandonar su país y dejar muchas cosas queridas, como su conejo de peluche. Con él también se quedará su infancia.


Opinión personal y comentarios sobre la trama:

Se nota muchísimo que el libro está dirigido a un público juvenil. Tiene un estilo muy directo y es sencillo de leer. A pesar del duro tema que trata, no hay diálogos complicados ni situaciones especialmente dramáticas. Al menos no están plasmadas como tal, y yo nunca llegué a tener una sensación de agobio o pesar.

El secreto de las Dalias



—¿Cómo me queda? —me pregunta mientras se pasea por mi habitación con la ropa que se acaba de comprar.

—Perfecto —le respondo con una falsa sonrisa. Pero ella no la ve, está demasiado ocupada mirándose en el espejo.

Los pantalones le quedan increíbles, la camiseta hace que sus pechos parezcan más grandes de lo que son, y la chaqueta naranja resalta el moreno de su piel. Está preciosa y la miro con envidia porque sé que aunque yo me pusiera esa ropa, jamás podría lucirla igual de bien que ella lo hace.

Se pasea por mi habitación y por el pasillo recreándose en todos los espejos por los que pasa. Y yo me muero de celos al verla.

—¿Bajamos a la cocina a merendar? Me está entrando hambre —me pregunta.

—¿No te cambias antes?

—No. Mi padre nunca va a dejarme salir con esta ropa puesta, mucho menos con la chaqueta. No tiene ni idea de qué es lo que se lleva ahora, sigue anclado en los años setenta. Tengo que aprovechar para ponérmela ahora que no me ve —responde encogiéndose de hombros.

La veo alejarse en dirección a las escaleras. «¿Por qué tiene que ser tan bonita? Su cuerpo es perfecto; es simpática e inteligente. Aún no he conocido a alguien a quien le caiga mal. Es mi mejor amiga desde los dos años, la adoro, ¿cómo podría no hacerlo? Es imposible no quererla. Pero también la odio. Porque no se da cuenta de su encanto, de lo que sus sonrisas causan en los que la rodean. Porque podría ser la amiga de cualquiera, y aun así eligió quedarse conmigo».

Comienza a bajar las escaleras y entonces sucede. La idea tan solo llega, y actúo sin pensar. Es solo un pequeño empujón. Si no hubiese acabado así, podría haberlo justificado como que iba a caerme, y para no resbalar, me intenté agarrar a ella. Pero el golpe llega en el momento en el que baja un escalón, y la inercia la impulsa hacia delante. No puede mantener el equilibrio, se tropieza y rueda por las escaleras hasta llegar al suelo. El estruendo es enorme.

Miro la escena con horror y bajo corriendo. Sus preciosos ojos me miran con una expresión de sorpresa, y su cuello se encuentra en una posición anormal. No se mueve, no respira, y yo estoy paralizada. Observo su cuerpo sin vida y me doy cuenta de que en la caída, la camiseta se le ha subido. Su tripa plana queda al descubierto. Es perfecta, como toda ella. Y la envidia regresa a mí. No puedo evitarlo, mis piernas se mueven solas y le pego una patada a su impecable estómago. Para mi sorpresa, el impacto alivia un poco todo el odio y los celos que guardo en mi interior, y entonces me dejo llevar. La golpeo con fuerza durante incontables minutos hasta que una voz me hace regresar a la realidad.

—¿Dalia? ¿Qué ha pasado?

Al levantar la vista me encuentro con mi madre. Está parada en mitad del pasillo y me mira incrédula.

—Mamá… yo verás… —Sin saber qué decir llevo la mirada de forma intermitente del cuerpo sin vida de mi amiga y a mi madre. No sé qué me ha pasado, no sé cómo justificar mi bárbaro comportamiento. Las piernas me fallan, me dejo caer al suelo y comienzo a sollozar.

Siento que mi madre se acerca y me envuelve entre sus brazos. Besa mi frente y me abraza con fuerza. Su presencia es reconfortante. Me susurra al oído palabras tranquilizadoras, y unos minutos más tarde consigo sosegarme.

Su judía blanca


Está sentada en el baño con la lencería de seda por los tobillos y las manos temblorosas. Se lleva los dedos a la boca y se muerde las uñas con la perfecta manicura francesa recién hecha. La espera se le está haciendo eterna. Tiene la mirada clavada en el pequeño test de embarazo y sus ojos van y vienen de la ventanita en la que tiene que salir el resultado, a las dos marcas laterales en las que se indica su significado.

—Una raya, por favor, que sea una raya —suplica en voz baja.

Hace muchos años que se concienció de que nunca sería madre. Por aquel entonces estaba casada, sin embargo, por más que su marido y ella lo intentaron, nunca consiguió quedarse embarazada.

—Ninguno de los dos tiene problemas —les decían los médicos—. Será la presión y el estrés. Cuando se relaje y deje de darle vueltas, cuando menos se lo espere, pasará.

Pero nunca ocurrió, y ella se hartó de intentarlo. La frustración le pudo y la situación les superó. Su marido y ella se divorciaron hace más de diez años y, desde que firmaron la separación de mutuo acuerdo, no ha vuelto a saber nada más de él.

A partir de ese día se concentró en su carrera profesional. Ascendió con rapidez hasta llegar a donde se encuentra ahora: es miembro asociado de la empresa principal y directora de treinta filiales ubicadas a lo largo de todo el mundo. Rehizo su vida, y en ella no hay cabida para un bebé.

El resultado comienza a hacerse visible, las manos le tiemblan con violencia, y el test se le cae al suelo cuando las dos rayas aparecen. Se queda paralizada durante unos segundos, mientras su cabeza procesa lo que eso significa.

—No puede ser —murmura.

Sin embargo, las dos rayas se ven con claridad y el retraso de más de tres semanas que tiene no dejan lugar a dudas.

Se levanta del baño, toma su móvil y le echa un vistazo a la agenda. Está llena de reuniones, desayunos, almuerzos y citas ineludibles. Dentro de dos días tiene que viajar a China para dirigir la inauguración de la nueva sede de la compañía, proyecto en el que lleva trabajando desde hace más de un año. Pasará las siguientes tres semanas allí, y es probable que en los meses venideros tenga que regresar varias veces más. No tiene tiempo para un bebé. No a sus cuarenta y dos años. No cuando hace tanto tiempo que la idea de ser madre desapareció por completo de su mente.

Llama a la consulta de su ginecóloga y pide una cita urgente.

—Costará el doble de lo normal —le responde la recepcionista.

—No importa. Tiene que ser hoy. —No puede dejarlo pasar más días. Cuanto antes solucione el problema, mejor.


La batalla de Qadesh


Ya han pasado varios años, sin embargo aún recuerdo la intensa emoción que me embargó al verlo en aquella ocasión. Estaba imponente, encima del carro, con la armadura pegada al pecho y la doble corona sobre la cabeza. Su presencia emanaba seguridad y poder, y fui incapaz de quitar los ojos de él durante todo su discurso.

No era la primera vez que lo tenía delante, de hecho habíamos combatido juntos en varias ocasiones. Pero el hombre que se encontraba delante de mí ya no era un príncipe con un futuro prometedor. Esa figura orgullosa llena de confianza y vigor se había convertido en el faraón: Ramsés II.

Antes de seguir, dejadme hacer una puntualización. Cuando digo que habíamos luchado juntos no me refiero a que hubiese peleado a su lado codo con codo, ya me hubiese gustado, sino que batallamos en el mismo ejército. Mi abuelo había conseguido entrar en el grupo de carristas y mi padre, gracias a sus logros en batalla, elevó el nombre de nuestra familia. Cuando tuve la suficiente edad para subirme al carro me convertí en el conductor de mi padre, lo fui durante muchos años, hasta su muerte, y cuando falleció tomé su puesto. La competencia es dura, los entrenamientos muy exigentes, y la mortandad altísima, pero no cambiaría este puesto por nada del mundo. Es un gran honor formar parte de la élite y pertenecer al grupo que acompaña al faraón en las batallas.

—Me alegro de verte de nuevo, Sethnajt. —Al girarme hacia esa voz que me sacó de mis pensamientos me encontré a Jaemuaset. Nos conocíamos desde hacía bastantes años y, cuando mi padre falleció, él se convirtió en mi conductor.

—Yo también me alegro de verte, amigo —respondí acercándome a él. Nos estrechamos las manos en un fuerte apretón y le sonreí—. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí. ¿Tanto tardaste en arreglar los desperfectos de la última batalla?

—El carro quedó más dañado de lo que pensaba, pero luego pasé una mala época de salud y después tuve problemas con los caballos.

—Entonces, es la primera vez que combates desde que es faraón, ¿verdad? —preguntó señalando a la poderosa figura que se erguía delante de nosotros. Asentí con los ojos fijos en él—. Un estratega nato, incluso mejor que su padre. Y en el campo de batalla, Amón lo protege con su luz, ya lo verás, es increíble.

—No puedo esperar a que llegue el momento —respondí en un susurro.

Cuando el faraón terminó su discurso gritamos emocionados. Era un orador asombroso, y con sus palabras consiguió exacerbar el ánimo de los soldados. Acabaríamos con los malditos hititas de una vez por todas y obligaríamos a Muwatalli a abandonar Kadesh.

Como era costumbre bajo el reinado de Ramsés, el ejército se dividió en cuatro grupos, y nosotros, los soldados de Amón, bajo el mando directo del faraón, partimos de Pi-Ramsés como la avanzadilla. Fue un viaje duro y muy agotador. Tardamos más de un mes en llegar a las cercanías de la zona pactada para la batalla, donde los dioses decidirían nuestro destino.

En la mañana del noveno día del tercer mes del verano llegamos al río Orontes. Vivo en la orilla del Nilo y su anchura no me sorprendió, pero cruzarlo nos costó prácticamente un día entero. Aunque estábamos en un vado, una zona bastante menos profunda que lo que teníamos a nuestro alrededor, en cuanto los carros se adentraban en el rio, el agua cubría las ruedas por encima de los ejes y aquello retrasó muchísimo la marcha. El último soldado cruzó cuando quedaba poco para la caída del sol, y el faraón ordenó que montásemos el campamento.

—Sethnajt, Jaemuaset, id a explorar los alrededores. A ver qué podéis encontrar —dijo nuestro superior—. El punto de encuentro queda a una jornada de distancia, pero no sabemos si las tropas hititas han llegado ya.

Los dos asentimos, nos apeamos del carro y nos adentramos en la maleza. Avanzamos ocultando nuestra presencia detrás de la densa vegetación hasta que vislumbramos el resplandor de una pequeña fogata. Miré a Jaemuaset y este asintió en silencio. Desenfundamos los khopesh y nos acercamos con sigilo. Alrededor del fuego encontramos a dos beduinos Shasu. Estaban tumbados con los ojos cerrados, no parecía que se hubiesen percatado de nuestra presencia, y caminamos en su dirección intentando hacer el menor ruido posible. Notaba la sangre bombear con fuerza en mis oídos y la emoción corría con intensidad por mi cuerpo.

Jaemuaset avanzó por el lado izquierdo, yo lo hice por el derecho, y, sin ninguna dificultad, rodeamos a los hombres. Cuando se dieron cuenta de nuestra presencia ya era demasiado tarde, y en un rápido movimiento colocamos las hojas de nuestros khopesh encima de sus gargantas.

—Rendíos —les ordenó Jaemuaset.

No hizo falta que lo dijese dos veces. La situación era clara, y ninguno presentó batalla. Les atamos las manos y los llevamos al campamento. Los vigías nos vieron llegar y nos guiaron hasta la mismísima tienda del faraón. Empujamos a los beduinos al interior, los obligamos a arrodillarse en el suelo y le eché un vistazo a mi alrededor: al verlo me quedé sin palabras. Estaba sentado en un trono de oro, su presencia era magnífica, y su mirada imponente.

—¿Quiénes son esos? —preguntó Ramsés señalando a los Shasu.

Quise responder, pero fui incapaz de hablar, y al final, fue Jaemuaset el que contó dónde los habíamos encontrado. El faraón se levantó de su trono y se dirigió hacia nosotros con un paso seguro.

—¿Habéis visto a las tropas hititas? —preguntó agachándose delante de los hombres.

Los agarró de los ropajes y los obligó a levantar la cabeza. Sin embargo, a pesar de tener la intensa mirada del faraón clavada en sus ojos, ninguno respondió.

—Hacedlos hablar —ordenó soltándolos con fuerza. Se levantó y se dirigió de regreso a su trono de oro.

Cuando se sentó nos hizo un gesto con la mano para apremiarnos, y entonces Jaemuaset le propinó un fuerte golpe a uno de los hombres. Fue su jadeo de dolor lo que me hizo despegar los ojos de Ramsés y regresar a la realidad. Me uní a él y entre los dos, y otros tres soldados, golpeamos a los Shasu hasta que no fueron más que una masa de sangre y lloriqueos.

—¿Habéis visto a los hititas? —volvió a preguntar el faraón desde su trono.

—Están acampados cerca de Khaleb —balbuceó uno de los hombres.

—¿Estáis seguros? —preguntó Ramsés con un tono de incredulidad en su voz.

—Sí —respondieron los beduinos al momento.

El faraón se acercó a nosotros con rapidez y descargó varios golpes en los maltrechos cuerpos de los Shasu. Los hombres se encogieron sobre sí mismos, pero mantuvieron su palabra: el rey Muwatalli y el ejército hitita aún no habían llegado a Kadesh.

Ramsés escrutó sus rostros durante unos instantes. Los hombres parecían temblar de miedo bajo su mirada y, al final, el faraón se alejó de ellos con una satisfecha sonrisa en el rostro.

—Ordenad que levanten el campamento. Nos ponemos en marcha ahora mismo —dijo dirigiéndose a sus consejeros.

—Pero, señor, ¿qué haremos si mienten? Si los hititas se encuentran en Kadesh nos destrozarán —comenzó a decir uno de ellos—. Los hombres y los caballos necesitan descansar antes de entrar en batalla. Quizá sería mejor enviar un grupo de exploradores para asegurarnos de que…

—¿Estás insinuando que soy un iluso? ¿Un crío que no sabe de estrategias militares? —gritó el faraón dándose la vuelta en dirección al consejero.

—No, señor. Para nada, es solo que… —respondió agachando la cabeza.

—Le he rezado a los Dioses para que nos concedieran esta ventaja. Y me han escuchado —dijo Ramsés interrumpiéndole.

—Señor, solo digo que igual tendríamos que asegurarnos. Enviemos unos exploradores. Llegaremos al punto de encuentro al medio día de mañana. No será mucho retraso y estaremos seguros de…

—Cuida tus palabras, Neferet. Uno podría pensar que me estás contradiciendo —amenazó el faraón con un tono lúgubre. El consejero se calló al instante y miró con impotencia al resto de sus compañeros, mas ninguno se atrevió a decir nada—. ¡Levantad el campamento! ¡Partimos de inmediato! —ordenó Ramsés saliendo de la tienda.

Era la voluntad del faraón, y en unos pocos minutos el campamento se volvió un caos. No estábamos acostumbrados a desmontar las tiendas a la luz de las antorchas, y tardamos el doble de tiempo de lo que solíamos necesitar.

La miseria del éxito



Hacía tres años que Mats Pfeiffer ganó el premio Margarita de Oro a la mejor canción debut. Desde aquel día su fama no había dejado de subir hasta llevarle a donde se encontraba en esos momentos: con su segundo disco en lo más alto de la lista de ventas, en una enorme mansión, en soledad y constantemente drogado.

La fama lo echó a perder. Al principio le salieron millones de amigos, pero cuando las cosas se comenzaron a torcer, desaparecieron igual de rápido a como habían llegado.

Descorrió unos centímetros la cortina del salón con la esperanza de ver la entrada de la casa vacía. Sin embargo, los paparazzi aún seguían acampados delante de su puerta, a la espera de captar alguna jugosa fotografía de la desbaratada vida del cantante. Alcohol, drogas, putas y chaperos. Cualquiera de ellas y, si podía ser, las cuatro a la vez, se habían convertido en su único refugio y compañía.

La angustia lo atenazaba desde hacía meses. En las últimas semanas había pasado más tiempo en el hospital que en su propia casa: sobredosis, comas etílicos y sexo sin protección. Detestaba su vida y odiaba el éxito que había conseguido.

—¡Joder! ¡Ojalá no hubiese ganado ese condenado premio! —gritó con todas sus fuerzas. Se llevó las manos a la cabeza y se tiró del pelo con desesperación—. ¡Ojalá nunca hubiese escrito esa maldita canción!

De pronto, sintió como si un gancho tirase de su ombligo hacia abajo; los oídos le pitaron con fuerza y el mundo entero se tambaleó. Las piernas le fallaron, cayó al suelo y cerró los ojos esperando por que aquello fuese el fin del mundo, y el de su sufrimiento.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...