Ética laboral



Le encantaba su trabajo, lo adoraba. Lo supo desde que era muy pequeña. Y desde hacía más de treinta años se dedicaba a ello: era enfermera en uno de los hospitales con más renombre de la capital.

Siempre se levantaba con ganas de comenzar el día e incluso las largas guardias se le hacían, algunas veces, bastante cortas. Pero hace unas semanas todo cambió.

—Imagino que te habrás enterado de la llegada del nuevo paciente —le dijo la jefa de las enfermeras.

Ella asintió en silencio temiéndose lo que vendría a continuación.

—No puedo encomendarle su cuidado a nadie más. —Se acercó a ella y le puso una mano sobre el hombro—. Sé que puedo confiar en ti. Sé que vas a ser capaz de mantener la distancia con él y serás lo suficientemente fuerte como para aguantar sus palabras.

Desde que le dijeron que iban a trasladar a ese despreciable hombre al hospital en el que trabajaba, se temió que aquello ocurriese.

Su profesión estaba llena de altibajos, algunas veces le tocaba tratar con pacientes a los que les daba pena decir adiós, y otros por los que haría una fiesta cuando les daban el alta. Pero, en los pocos días que llevaba allí, aquel hombre había conseguido lo que nadie había hecho: que salir de la cama por las mañanas le resultase una auténtica tortura. Saber que tendría que verle la cara, al menos cinco veces al día, le hacía plantearse si su trabajo seguía mereciendo la pena.

Recorrió a paso lento el largo pasillo que la separaba de la habitación. Cuando llegó a la puerta saludó de manera escueta al policía que estaba allí apostado, tomó aire y se dio ánimos. Agarró el picaporte y entró en el interior.

Como siempre, el hombre estaba tumbado, esposado a las dos barras de la cama. Tenía los ojos abiertos y cuando la vio entrar esbozó una coqueta sonrisa.

—Mira, mira. ¿Quién tenemos aquí? Mi enfermera favorita. ¿Cómo estás hoy, Lola?

Nunca le había dicho su nombre. No iba a darle ningún tipo de información sobre ella, así que él la había bautizado así.

—Tienes una cara horrible, ¿has dormido mal?

No le respondió y se limitó a hacer su trabajo con la mayor diligencia posible. Comprobó que todo estuviese en orden y le acercó a los labios el vasito con las pastillas que tenía que tomarse.

El hombre sonrió y negó con la cabeza.

—Eso son muchas pastillas, Lola. Si quieres que me las tome tendrás que darme algo a cambio.

Le miró con seriedad. No iba a caer en ese juego. Aunque si por ella hubiese sido, le habría tirado las pastillas a la cara y se habría marchado de allí dedicándole un grosero corte de mangas. De hecho, le habría encantado cambiarle los medicamentos por Lacasitos o mejor, por litio, lo mejor para los pacientes con problemas cardiacos. En un par de días estaría muerto y nadie lloraría por él. Pero su ética laboral le impedía hacerlo.

Los girasoles


Dio una pincelada y miró satisfecho su obra aún inacabada.

—¿En serio, Vincent? ¿Otra más? —le preguntó con voz cansada—. No es que no me parezca que soy bonita, pero soy la séptima del mismo tema. ¿No te aburres de pintar siempre lo mismo?

—No sé de qué me estás hablando —respondió de mal humor.

—Pues de que no entiendo esta obsesión que tienes con los girasoles. ¿No puedes pintar otras flores? Vale que las rosas están muy vistas, y no serías más original de lo que eres ahora, pero no sé, igual unas margaritas, unas amapolas, unos tulipanes. Yo que sé. Algo diferente.

Se fulminaron con la mirada durante unos segundos hasta que al final se escuchó un suspiro hastiado.

—Entiéndeme, Vincent, estoy un poco frustrada. No sé a qué viene esta obsesión o por qué haces versiones de tus propias obras. Aunque ya que te pones a repetirte, no me habría importado ser una calle aledaña del Café Terrace. Ese cuadro me encanta, pero es que estas flores amarillas ya están muy vistas.

—En este tiempo he pintado muchas más cosas aparte de girasoles. No sé porque te quejas tanto —contestó en voz baja con un deje de amenaza.

—No te pongas a la defensiva, que lo hago por tu bien, para ayudarte —respondió molesta—. Es solo que me gustaría entender a qué viene esta obsesión. Estoy de acuerdo en que decorar la casa con cuadros pintados por ti mismo es mucho más original que poner flores. Seguro que impresionaste a Paul. Pero ya lleva mucho tiempo aquí, y…

Quiso seguir hablando, sin embargo, la cara de angustia de Vincent le hizo callarse. Hacía tiempo que no veía aquella expresión en su rostro. Sus ojos brillaron de emoción durante unos segundos, igual que cuando era un adolescente, y entonces lo entendió todo.

—Está bien, lo capto. Puedes seguir con los girasoles.

Moriré


—Te estoy diciendo que no quiero. ¡Déjame tranquila! —gritó Violette más nerviosa que furiosa.

—No te he pedido tu opinión, tan solo ven —le contestó el hombre con tranquilidad.

Era noche cerrada y se encontraban en un sucio callejón detrás de la taberna en la que Violette llevaba trabajando desde hacía muchos años. El hombre la había acorralado entre unos barriles de cerveza vacíos e intentaba meter la mano por debajo de su falda, pero ella se resistía con fuerza.

—No soy una puta. El burdel está dos calles más arriba. ¡Vete allí! —dijo revolviéndose entre los brazos del hombre.

—No voy a gastar mi dinero en esas sucias mujeres. Seguro que tienen de todo. Además, prefiero tu suave piel. —Agarró la parte de arriba del corpiño de la chica y de un solo tirón se lo arrancó.

—¡Suéltame! ¡Déjame en paz! —gritó intentando taparse los pechos.

Pateó, arañó y mordió, pero el hombre estaba decidido a llegar hasta el final. La volteó de cara a la pared, le subió la falda hasta la cintura y alargó la mano hasta llegar a su intimidad.

—¡Oh, Dios! No sabes las ganas que tengo de follarte. Llevo deseando hacerlo desde el primer día en que te vi.

—¡Déjame! No lo hagas por favor, por favor, no —comenzó a suplicar.

Pero sus suplicas no surtieron ningún efecto. El hombre intentó desatarse los pantalones mientras la aprisionaba contra la pared. Sin embargo, con una mano le era muy difícil soltar el nudo. De pronto, un fuerte tirón le hizo caer al suelo con los pantalones aún a medio desabrochar. Cuando levantó la mirada vio que estaba rodeado por una multitud de mujeres que lo miraban con profundo odio. Iban armadas con palos, y Violette había quedado fuera de su alcance.

—Márchate de aquí y no vuelvas a molestarla nunca más —dijo la que estaba más cerca de él.

—¿Y si no lo hago? ¿Qué vais a hacerme? —Se levantó del suelo con tranquilidad y se encaró con sus oponentes—. Seréis muchas, pero no sabéis pelear.

—No nos subestimes. Sabemos defendernos solas. Márchate, no te lo volveré a repetir. La próxima vez será por las malas.

Pero el hombre no pensaba irse sin probar esa carne con la que tantas noches había soñado. Sabía que no iba a poder llegar hasta ella, mas hacía tiempo que había dejado de pensar con la cabeza, y en esos momentos solo tenía una cosa en mente. Se lanzó hacia Violette, pero las mujeres se interpusieron, y sin decir ni una palabra más descargaron un centenar de golpes contra él. No tuvieron piedad, igual que él no pensaba tenerla. Le golpearon sin parar hasta que cayó al suelo. Lo dejaron allí tirado, inconsciente y lleno de heridas.


Tres días después un grupo de guardias llegó a casa de Violette. La sacaron a la fuerza, a rastras, sin dar explicaciones, y la llevaron a la iglesia. La empujaron hasta los suntuosos aposentos del cura, y allí descubrió al hombre de la otra noche. Estaba sentado en un banco con la cruz de Cristo entre los dedos y vestía el atuendo de un religioso. A su lado había otro hombre, iba vestido con una túnica similar y la miraba con dureza.

—¿Es ella, padre? —preguntó el desconocido.

—Es ella, señor. Esa es la que me acosó, y con sus artes de brujería me produjo todas estas heridas.

Indivisible


Ese fue el momento en el que dejó de creer en las hadas y en todo lo que ellas significaban. Con pesar, fue testigo de cómo su hermano le daba la espalda a los cuentos de su infancia, a la inocencia, a la fantasía y a la magia, y se adentraba en lo que muchos llamaban el mundo de los mayores.

Peter había visto aquel paso en múltiples ocasiones, y siempre sentía lo mismo por esa persona: lástima. Lástima porque no había sabido ver que no había que renunciar a la inocencia, ni a las hadas, para ser un adulto. Los unicornios no estaban enemistados con un trabajo estable, aunque quizá sí al contrario, pero los unicornios sabían compartir.

La magia tampoco se oponía a la madurez, sino que la enriquecía, y hacía que la gente que poseía las dos se tomasen las cosas de un modo diferente, más divertido, más abierto, menos serio.

Y fue en ese momento en el que Peter se prometió que jamás abandonaría a las hadas o a los unicornios. La imaginación le acompañaría para siempre, y haría que su vida de persona mayor se adaptase a ellos, pues iban en un solo paquete, y este era indivisible.


Este relato viene del libro "642 cosas sobre las que escribir", y la premisa que daban era que comenzase con la frase: Ese fue el momento en el que dejó de creer. Y a raíz de ahí había que continuar escribiendo.

Seguir con "las hadas" fue algo casi automático, ni siquiera lo pensé y fue lo que me salió al instante.
Mientras lo escribía no pude evitar pensar en ese "yo creo en las hadas", y de ahí viene el nombre del protagonista.

La verdad es que estoy de acuerdo con él, creo que el mundo de los adultos no está reñido con la magia, y si uno quiere, y lo intenta, puede compaginar los dos al mismo tiempo.
Dejar marchar al niño que tenemos en nuestro interior es perder una parte de nosotros, y eso es muy triste. ¿Por qué no pueden vivir a la vez? ¿Por qué alguien no puede ser un ejecutivo importante con traje y corbata y en su tiempo libre vestir camisetas de Harry Potter y cantar en el coche las canciones de Disney?

¿Qué pensáis vosotros? ¿Sois de los que permanecerán con Peter y volarán hasta la segunda estrella a la derecha, todo recto, hasta que amanezca?

*



Si quieres leer más textos originales escritos por la autora de este blog, en este enlace los puedes encontrar todos.


¡Un saludo!



Solo dos metros


Se ajustó la capucha sobre la cabeza y suspiró con disgusto. Era noche cerrada y la lluvia caía con intensidad calándole entero.

—Ya queda poco —dijo para darse ánimos.

Había sido un día muy largo y se moría por llegar a casa, darse una ducha caliente y meterse en la cama, de la que no tenía pensado salir en todo lo que quedaba de fin de semana.

El camino más corto era atravesando el parque infantil, y no se lo pensó ni un segundo. Lo había cruzado en infinidad de ocasiones y su casa estaba justo al otro lado. La veía desde allí. ¿Qué podía pasar?

Cruzó la calle, y cuando ya había recorrido algo menos de la mitad del camino, las luces de las farolas fueron perdiendo intensidad hasta que se apagaron por completo. Aminoró la marcha, pues la oscuridad que lo envolvía era casi completa, y le costaba ver por dónde iba.

De pronto, sintió que algo se movía con rapidez delante de él y se paró al instante. Aguzó la vista y con dificultad consiguió distinguir una sombra, un contorno difuso, un algo sin forma. Giraba a su alrededor de un lado para otro, sin detenerse, cada vez más deprisa, cada vez más cerca. No sabía qué era aquello y el miedo le paralizó.

Notaba cómo el aire se movía cuando pasaba por su lado, y en una ocasión, un pestilente hedor le hizo arrugar la nariz.

Las hojas del suelo se movían con aquel ir y venir. Se levantan en el aire, volaban unos centímetros y volvían a caer. Pero antes de que pudiesen tocar el suelo el ciclo se repetía.

Lo escuchó muy cerca, a unos centímetros, unos milímetros, y saltó asustado cuando algo le tocó la pierna durante unos segundos. Se llevó la mano hasta allí y sus dedos se pringaron de una sustancia viscosa. Estaba demasiado oscuro, por lo que no distinguió el color, sin embargo el tufo se impregnó en su mano.

Le o al fitergale ed osl ramasgana



Cuando la ves por primera vez toda su apariencia te descoloca. Lleva el cabello y los labios de un color un tanto extraño, entre azul y verde. Eso es lo primero que llama tu atención, pero cuando te fijas en sus ojos no puedes evitar fruncir el ceño, uno es naranja y el otro lila, ¿cierto? Te preguntas confuso.

La ves hablar con el bibliotecario, le señala una estantería al fondo del edificio, y se despide de él con unas palabras de agradecimiento.

Va vestida con unos pantalones blancos y una camiseta roja tan holgada que sus formas se pierden entre la tela. Sus gestos son de mujer y su andar también, pero su constitución, sus rasgos y su grave voz te dicen todo lo contrario.

Se comporta de una manera muy fina, educada y elegante. Y si no fuese porque te saca media cabeza igual ni siquiera la habrías mirado. Aunque no, eso no es verdad. Su apariencia tan colorida llama la atención allí por donde pasa. Y las cabezas se giran detrás de ella.

La pierdes de vista durante unos minutos y cuando la vuelves a encontrar está sentada en tu sillón favorito, donde la luz de la calle, que entra por la ventana, ilumina el ambiente, pero sin llegar a cegar.

Sostiene un libro entre sus manos. Te resulta muy familiar, y sin que se dé cuenta lo miras con disimulo: “El arte de la guerra”, de Sun Tzu. Tu libro favorito. Eso sí que no te lo esperabas.

Aunque la verdad es que no sabías qué esperarte, ¿qué podía estar leyendo aquella chica? ¿Quizá una revista de moda? ¿“Crepúsculo”? ¿“Orgullo y prejuicio”? ¿El último libro de Megan Maxwell? ¿O quizá un libro de trans…? Antes de terminar los pensamientos te reprendes por ellos. ¿Pero qué clase de prejuicios son esos? Te avergüenzas, y decides actuar igual que lo harías si hubieses visto a cualquier otra chica leer con esa concentración la obra del gran Sun Tzu.

Te sientas delante de ella y la miras.

—Es un buen libro —dices señalándolo con el dedo.

Ella levanta la cabeza y te mira en silencio.

Al poner sus extraños ojos sobre ti te pones nervioso al momento. No sabes qué más decir y esperas que ella diga algo para no quedar como un completo estúpido.

Una buena vida


El silencio y la paz se respiraban en todos los rincones de la casa. El anciano estaba sentado en su sitio favorito: un sillón de terciopelo azul con grandes orejeras más antiguo que él mismo.

Tenía los ojos cerrados y respiraba con calma, disfrutando de aquel preciado momento de tranquilidad.

En aquellos momentos el enorme caserón en el que vivía desde hacía muchas décadas se encontraba a oscuras y en silencio. Todas las luces estaban apagadas, todas menos la de la pequeña lámpara que le alumbraba y que mantenía a las tinieblas alejadas. Sin embargo, hacía escasos minutos la algarabía, el alboroto y las risas habían inundado su hogar.

Sus cinco hijos con sus parejas, sus doce nietos y su primer bisnieto habían pasado todo el fin de semana con él. Se habían reunido para celebrar su nonagésimo cumpleaños, y nadie se lo quiso perder.

Las ahora frías y vacías habitaciones de aquella casa volvieron a estar repletas por una última vez, y los gritos de los niños corriendo por los largos pasillos le alegraron los oídos y el corazón. Aún podía escuchar el sonido de sus carcajadas y el tacto de sus pequeñas manitas en su arrugado rostro.

Había recibido muchísimos regalos: una edición de lujo de su libro preferido, pues a pesar de su edad aún podía pasarse horas y horas perdido entre las páginas de una buena historia; un juego de ajedrez con el escudo del equipo de fútbol del que era socio desde pequeño grabado en cada una de las piezas; una caja de nueve botellas de su vino predilecto, (solían beber una copita todas las noches, era su único vicio); un cupón para pasar un día en un SPA que nunca llegaría a utilizar; y un álbum lleno de recuerdos con fotos de toda su familia y dibujos e historias que los niños habían escrito para él. Nunca lo admitiría, pero al abrirlo tuvo que luchar para que las lágrimas no se derramasen de sus ojos.

Caprichos del destino


Los hidroaviones estaban preparados en la cubierta del acorazado a la espera de que el comandante diese la orden.

—¿Todo listo, señores? —preguntó el oficial por la radio.

—¡Sí, señor! —asintieron los pilotos desde dentro de sus cubículos.

—Buen vuelo y ¡suerte! —dijo presionando el botón verde, la señal que les daba vía libre para despegar y surcar los cielos.

Eran siete, los mejores pilotos estadounidenses con la mejor flota de hidroaviones que hasta ese momento se había construido. Y tenían una misión muy clara, buscar los submarinos alemanes que navegaban por las aguas de esa zona del atlántico y acabar con ellos.

Cuando los pilotos elevaron el vuelo sus pulsos estaban a mil por hora, su tarea era mucho más peligrosa de lo que decían los papeles, pues los sumergibles enemigos solían ir escoltados por unos rápidos cazas que traían de cabeza a cualquier que se enfrentase con ellos.

Después de unos minutos volando, Charlie fue el primero en avistar una nave.

—¡Todo abajo a las dos en punto! —gritó por la radio dirigiéndose en picado hacia allí.

—¡Lo veo!

—¡Te sigo!

—¡Vamos a destrozar a esos cabrones!

El radar no daba señales de la presencia de ningún caza, y los siete hidroaviones se dirigieron hacia el submarino. Lanzaron contra él todo lo que tenían y debieron de tomar a los alemanes desprevenidos, pues unos minutos más tarde el sumergible estalló en una densa nube de humo.

A Charlie siempre le maravillaba ver cómo esas enormes estructuras de metal explotaban en medio del agua. El fuego se expandía durante unos segundos y luego se apagaba con la misma rapidez con la que había surgido.

Lo que nunca quiso imaginarse fue el horror que debían de pasar los marinos en sus últimos instantes de vida. La muerte estaba clara, lo único que quedaba por saber era qué era lo que los mataría, si el fuego o el agua.

Los gritos de júbilo de sus compañeros resonaron en sus oídos y desde su pequeña cabina podía ver sus sonrisas satisfechas. Ni una sola baja. Había sido una misión impecable.

Sin perder tiempo se dirigieron de vuelta al acorazado, pero antes de llegar el radar de sus hidroaviones les avisó de la llegada de los cazas enemigos. No habían podido evitar la destrucción del submarino, pero aun así intentarían acabar con los responsables.

Los alemanes se lanzaron contra ellos con rapidez y violencia.

Charlie tenía los ojos puestos en ellos, en esos magníficos aviones que volaban a su alrededor con la intención de derribarle. Dejó de escuchar los ruidos provenientes de la radio y sus gritos se unieron a los de los seis hombres que combatían a su lado.

Los alemanes eran más, habría por lo menos diez de ellos, y al cabo de unos minutos las máquinas estadounidenses comenzaron a caer al mar.

El radar le avisó de que sus adversarios le habían rodeado por completo y un fuerte golpe en la parte de atrás del hidroavión le indicó que le habían alcanzado. Luchó con todas sus energías para conseguir mantenerse en el aire, pero todo el sistema comenzó a fallar; se quedó sin radar, sin radio y unos instantes después los motores empezaron a echar humo.

Viró como pudo esquivando los proyectiles enemigos y en su descenso se deshizo de un caza alemán.

—¡No me iré solo! —bramó con fuerza.

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