Mehmet Li vs. Sophia García


Mehmet Li estaba concentrado en el documento que tenía delante cuando el sonido de un correo entrante le interrumpió. Por lo general no solía abrirlos al momento, pero el asunto “Información importante”, y el remitente, el vicepresidente de la compañía, captaron toda su atención. Lo leyó al momento, y con cada palabra sus rasgados ojos se fueron haciendo un poco más grandes.

—No puede ser —murmuró para sí mismo cuando llegó al final.

El vicepresidente se jubilaba a mediados de año y aún no había decidido quién ocuparía su lugar. Mehmet miró al otro lado de la cristalera de su despacho: en la oficina de enfrente, Sophia García, su compañera de trabajo, levantó la vista del ordenador y sus ojos se encontraron. Los dos habían recibido el mismo correo, y ambos sabían que eran los únicos con posibilidades de conseguir el ansiado puesto. Era el cargo con más poder, pues aunque también había un presidente, rara vez se pasaba por la oficina. Se conformaba con que a final de mes le llegase una buena cantidad de dinero a su cuenta. Mientras eso continuase así, seguiría dejando todas las decisiones en manos del vicepresidente.

Los dos candidatos se mantuvieron la mirada durante unos segundos evaluándose desde la distancia. Se conocían muy bien, tanto dentro como fuera del trabajo, y de la cama. Sabían cuáles eran los puntos fuertes y débiles del otro. Eran ambiciosos, y eran conscientes de que la persona que tenían enfrente haría cualquier cosa por hacerse con el puesto.

La primera en levantarse fue Sophia. Se acercó a la puerta de su despacho y le dedicó a Mehmet una mirada desafiante. El hombre sonrió con seguridad, salió al pasillo y se apoyó en la cristalera con su pose más arrogante.

—Es la guerra —dijo Mehmet sin apartar los ojos de su compañera.
—Todo vale.
—¿Sin rencor?
—No me odies cuando coloque una V delante de mi nombre y tu sigas siendo el señor Lee.
—Ya lo veremos —respondió Mehmet con una sonrisa llena de confianza.

Acortaron la distancia que los separaba hasta quedar a tan solo unos centímetros del otro. Sophia pasó la punta de los dedos por la cuidada barba de Mehmet y él no pudo evitar mirar los carnosos labios de su compañera.

—¿El último antes de que empiecen las hostilidades? —preguntó Mehmet recorriendo el voluptuoso cuerpo de Sophia con sus manos.

La chica le sonrió con coquetería y se acercó más a él.

—La próxima vez tendrás que decirme “ama” —le susurró al oído.
—¿Es una de tus fantasías?
—Es posible… —respondió mirándole con provocación—. Aunque confieso que solo de imaginarme cómo sería doblegarte, y tenerte debajo de mí, me excita.

El cálido aliento de Sophia le hizo cosquillas en la oreja, y Mehmet sintió un intenso escalofrío recorrerle el cuerpo entero. Su respiración se aceleró, y la sangre se acumuló entre sus piernas. Pero fue la incitadora sonrisa que su compañera le dedicó lo que le hizo moverse. La tomó de la cintura, la condujo hasta el aseo más cercano, el de mujeres, y en cuanto cerraron la puerta detrás de ellos la pasión se desató.


Durante las siguientes semanas la tensión entre Mehmet y Sophia se hizo palpable para todos. El vicepresidente los llamó a su despacho varias veces, y en todas las ocasiones mantuvieron largas conversaciones sobre el futuro de la empresa.

La oficina se dividió en dos bandos. Se hicieron promesas en susurros, se pidieron favores a cambio de jugosos contratos y los rumores, falsos y reales, acerca de uno y otro candidato se esparcieron con rapidez por los pasillos.

La casa de los gritos


El hombre se transformó en un enorme lobo cuando la luna llegó a su punto más álgido en el cielo. Aquella noche su resplandor era muy intenso, y la claridad entró con fuerza por las ventanas del viejo y abandonado caserón. Los gritos y lamentos de dolor del hombre se apagaron con un agónico suspiro en el mismo momento en el que la luz del astro alumbró su rostro.

Corría el rumor de que el edificio estaba encantado, pues durante las noches de luna llena, unos terribles aullidos salían del interior. Nadie sabía qué era lo que ocurría, ningún lugareño, por más valiente que fuese, se había atrevido a cruzar el umbral en esas noches. Durante el día, cuando el sol lucía, varios grupos de hombres se habían aventurado a entrar, y lo que allí encontraron les afianzó en la idea de que la casa estaba maldita. En las paredes había enormes marcas de arañazos, el suelo estaba cubierto de manchas de sangre, algunas de ellas aún frescas, y en el sótano quedaban los restos de lo que fueron unas gruesas cadenas de hierro anteriormente ancladas a la pared. No sabían qué o quién las sacó de su prisión, pero ninguno de ellos tenía ganas de encontrarse con el responsable.

Unos segundos después de que la luz de la luna entrase en el edificio, el tenso silencio que envolvía la casa fue roto por un fuerte aullido que puso los vellos de punta de todos los que lo oyeron.

El monstruo había despertado.

—¿Habéis escuchado eso? —preguntó Corvus con una mirada de pánico. Nadie le respondió, pero estaba claro que todos lo habían hecho.

Los cuatro chicos se quedaron clavados al momento sin atreverse a avanzar ni un paso más en dirección a la casa. La puerta de entrada se encontraba a poco más de cinco metros, sin embargo, sus cara de terror decían que ninguno de ellos tenía la intención de acortar aquella distancia.

—Mi padre me matará cuando le diga que he perdido la pelota —se lamentó Volans con una voz pesarosa.

—Lo siento, tío. No pensaba que el viento se la iba a llevar en esta dirección. Dile a tu padre que es mi culpa, que yo te obligué a traerla —le dijo Grus colocándole una mano sobre el hombro.

—Gracias. Pero dará lo mismo. Ya sabes el cariño que le tiene. Me castigará lo que queda de año.

—Pero el campeonato es en tres semanas. ¡Tienes que jugar! Sin ti no podremos ganarles a esos malditos tejones —dijo Leo con una voz suplicante.

Volans le dedicó una mirada de tristeza y se encogió de hombros. Así eran las cosas. Se había llevado la pelota de béisbol de su padre sin su permiso, esa con la que ganó su primer y último campeonato hacía más de treinta años, y, para su mala suerte, se había colado dentro de la casa de los gritos, como todos en el pueblo la llamaban.

Tokio Blues. Norwegian Wood. Reseña



Título: Tokio Blues. Norwegian Wood.
Título original: ノルウェイの森 Noruwei no Mori.
Autor: Haruki Murakami.
Año de publicación: 1987.


Sinopsis:

Mientras aterriza en un aeropuerto europeo, Toru Watanabe escucha una vieja canción de los Beatles que le hace retroceder a su juventud, al torbulento Tokio de los años sesenta. Recuerda entonces con melancolía a la misteriosa Naoko, la novia de su mejor amigo de la adolescencia. El suicidio de éste les distanció durante un año, hasta que se reencontraron e iniciaron una relación íntima. Sin embargo, la aparición de otra mujer a su vida lleva a Toru a experimentar el deslumbramiento y el desengaño allí donde todo debería cobrar sentido: el sexo, el amor y la muerte.

*

No puedo decir que el libro me parezca malo. Se lee con facilidad, y hay algo en la historia que engancha. Pero una vez que lo terminé de leer, me quedé con una interrogación en la cabeza y sin saber muy bien qué había ocurrido.

Ninguno de los personajes me llegó a gustar, no empaticé con ninguno de ellos y tampoco entendí la trama de la historia o lo que el autor nos quiere contar en este libro.

Se centra mucho en el suicidio, en la soledad, la melancolía y le da una importancia al sexo y a las relaciones de esta índole que no comprendí.

Es un libro sin conflictos, al menos yo no los vi. El protagonista no se tiene que enfrentar a nada, no tiene que solventar ningún obstáculo y tampoco es que tenga una evolución tremenda conforme pasa el tiempo. Simplemente nos limitamos a ser testigos de su vida y su día a día. El autor nos cuenta la cotidianidad de un joven japonés universitario con amigos muy depresivos y problemas sexuales.


Atención spoilers:

La verdad sobre las ninfas



Todo comenzó hacía dos inviernos, cuando un simpático cuentacuentos llegó a una pequeña aldea. La gente celebró su aparición con entusiasmo, pues no había nada más ameno para pasar los largos días de la época invernal que escuchar las historias que el hombre conocía. En un par de jornadas, y tras relatar cuentos e historias sorprendentes, se volvió el hombre más querido del lugar.

Cada tarde, al cobijo del hogar de la taberna, los aldeanos, desde los más pequeños a los mayores, se reunían a su alrededor y esperaban con ansias a que comenzase a hablar. Narraba historias para todos los públicos y no hubo nadie que no cayese rendido a sus palabras. De entre todos los aldeanos, Jernej, el hijo mayor del molinero del norte, fue el que quedó más fascinado con él. Se aprendió todas y cada una de las historias, tanto las que iban dirigidas a los niños, como las de los adultos. El cuentacuentos y él llegaron a hacerse buenos amigos e incluso le contó historias que no podían ser narradas en aquella pequeña aldea: historias demasiado complejas para que aquella humilde gente las pudiese entender.

Pero hubo algo más que el chico aprendió de él, algo que nadie, en muchas aldeas a la redonda sabía hacer: el cuentacuentos le enseñó el misterioso arte de la lectura y la escritura. Jernej demostró ser un muchacho atento y vivaz, dotado de una inteligencia superior a la media de aquellas sencillas gentes.

El invierno pasó, la temporada de las lluvias acabó, y cuando el calor del verano empezó a asomar, el cuentacuentos anunció su partida. La aldea entera le acompañó hasta las lindes del pueblo. Al verlo marchar, algunos no pudieron evitar que unas lágrimas se escapasen de sus ojos. Sin embargo, el que más acusó su partida fue el hijo de molinero del norte.

Para ese entonces, Jernej ya había aprendido a distinguir todas y cada una de las letras del abecedario. Sabía escribirlas, leerlas y se encontraba enfrascado en la lectura de uno de los libros que el cuentacuentos le había dejado: un libro lleno de aventuras, batallas, criaturas fantásticas y amores imposibles.

Después de la marcha del cuentacuentos, el molinero esperaba que su hijo volviese a ser el mismo chico aplicado y obediente de siempre; el que le ayudaba en las labores sin rechistar y aprendía el oficio con interés. Mas nada de aquello ocurrió. Jernej se pasaba el día solo, leyendo una y otra vez los libros que el cuentacuentos le había dado. Ayudaba a su padre de forma esporádica, pero solo cuando su madre le rogaba, con lágrimas en los ojos, y su progenitor le amenazaba con la fusta del burro en la mano. Para cuando el invierno siguiente estaba llegando a su fin, sus hermanos menores ya sabían más cosas sobre el molino que él.

—Si no vas a ayudar a esta familia, tendrás que marcharte —le dijo un día su padre lanzándole un pequeño hatillo a los pies—. Si no trabajas no comes. Yo no mantengo holgazanes.

Jernej levantó la vista del libro y lo miró. Su rostro era serio, aquello no era ninguna broma. Abrió el pequeño saco y le echó un vistazo a su interior: una hogaza de pan y un trozo de queso, comida suficiente para sobrevivir durante un par de jornadas.

Hacía ya unas cuantas lunas que la idea de marcharse de casa y vivir sus propias aventuras, como las que aparecían en los libros, se había hecho un hueco en su cabeza. Sin embargo, nunca se había atrevido al dar el paso. Nunca hasta ese momento. Su padre vio la decisión en sus ojos, y, al momento, su rostro mostró una expresión desilusionada. Aquel hombre no decía las cosas en vano, siempre cumplía sus palabras, y tendría que dejarle marchar.

Al día siguiente, con las primeras luces del amanecer, Jernej se despidió de sus padres y de sus hermanos, se echó el hatillo al hombro y emprendió su camino con ilusión y entusiasmo. Estaba ansioso por descubrir lo que le esperaba: qué aventuras aguardaban al otro lado de la colina; qué maravillas se encontraría dentro del bosque; qué descubriría más allá del horizonte.

Anduvo sin un rumbo fijo hasta que el pan y el queso se acabaron. Entonces, recurrió a la naturaleza. No era un gran cazador, pero las trampas para conejos no se le daban del todo mal. No era una vida lujosa, pero aun así Jernej era feliz. Ningún día era igual que el anterior, y aquello le hacía sentirse vivo.

Vagaba por un solitario camino al borde de un frondoso bosque cuando escuchó el torrente de un río. Nunca desaprovechaba la ocasión de conseguir un poco de agua fresca, así que se adentró en el interior. El ruido era bastante fuerte, por lo que supuso que no debía de encontrarse demasiado lejos. Cuando la espesura de las ramas y hojas era tan frondosa que los rayos del sol apenas pasaban entre ellas, descubrió el río. Llevaba un buen caudal, mas al acercarse a él, el sonido del agua quedó eclipsado por una hermosa melodía. Un cántico delicado, suave y acogedor. Lo más bello que Jernej hubiese escuchado en toda su vida.

Hechizado, se dirigió hacia donde provenía aquella exquisita música. En su mente se imaginó que esa voz, esa deslumbrante voz, solo podía pertenecerle a una bellísima muchacha. No podía ser de otra manera. La encontró unos metros más adelante, sentada en la orilla del río. Tenía un cepillo de oro en las manos, y mientras cantaba, peinaba sus largos y verdes cabellos.

Se quedó parado a unos pasos de ella, ensimismado con los movimientos de sus manos y perdido entre las notas de su voz. Cuando la muchacha dejó de cantar, su cabeza se volvió hacia él con lentitud. Jernej mantuvo el aliento, deseoso por conocer el rostro de aquel bello ser. Sin embargo, al ver su cara, el chico no pudo evitar soltar un ahogado grito de sorpresa: aquello no se parecía en nada a lo que había esperado.

La ofensa



—Andrew Davis, coleccionista de juguetes, dígame —respondió descolgando el teléfono al tercer tono—. ¡Oh, Giuseppe! ¿¡No me digas que lo has encontrado!? —Se mantuvo al teléfono escuchando con una sonrisa en los labios—. ¿Cuándo podrás enviármelo? —Miró el calendario que tenía al lado de la mesa y asintió—. Serán quince días eternos, pero seguro que valen la pena. Millones de gracias. Nos vemos.

Habían pasado casi dos meses desde aquella conversación, y hasta que el paquete llegó, todos los muñecos estuvieron ansiosos por conocer al que sería el nuevo miembro de su familia. Por las fotos que consiguieron sacar de internet vieron que era un peluche gigante. Un gorila negro, con unos brazos enormes y una mirada amenazadora. Andrew, Andy para los amigos, lo había llamado King Kong, y, solo con verlo en las fotos, los juguetes le tomaron un gran respeto. Pero lo que ninguno de ellos se pudo imaginar es que aquel peluche mullido con cara de enfado sería un completo tirano.

Desde el mismo día en el que lo trajeron, se paseó por la casa como si fuese el dueño del lugar. Se metía con todos y no tenía respeto por nada ni nadie. Ni siquiera el Action man articulado se libró de sus pullas. Nadie sabe qué fue lo que el gorila le dijo, pero fuese lo que fuese, molestó tanto al robusto muñeco que no dudó en atropellar al peluche con su enorme coche 4x4. Sin embargo, King Kong era un gorila muy orgulloso, y le devolvió el golpe lanzándolo por la ventana. Vivían en un décimo piso, y aunque el Action man nunca contó qué fue lo que le ocurrió, jamás volvió a ser el mismo. La Barbie médico le diagnosticó trastorno de estrés postraumático, pero ni sus cuidados, ni los del Ken doctor —nunca se supo en qué bando jugaba— le hicieron mejorar.

Los días pasaron, y los juguetes vivían sumidos en el miedo. King Kong era un tirano sin escrúpulos o empatía, siempre hacía lo que quería, y si sus acciones molestaban a alguien, mala suerte para ellos.
Un día los juguetes se enteraron de que Andy pasaría todo el fin de semana fuera de casa, y todos, menos uno, temblaron de pavor ante aquella noticia. Dos días enteros sin la supervisión de su coleccionista, el cual no tenía ni idea de la doble vida que llevaban sus juguetes, podría resultar catastrófico para los indefensos muñecos.

El viernes pasó sin grandes contratiempos, pero la tensión que había en el ambiente era palpable. Sin embargo, el sábado, King Kong se levantó con un humor de mil chimpancés. Destruyó en un par de segundos la casa de los Legos, que a Andy tanto le había costado conseguir, y estranguló a la Barbie Rapunzel con su propio pelo. Cuando el Ken doctor intentó ayudarla le amenazó con tirarlo por la ventana. Nadie se había olvidado de lo que le había pasado al Action man, y la pobre Rapunzel permaneció en el suelo sin que nadie se atreviese a socorrerla.

Luz y tinieblas



Se despierta unos minutos antes de que suene el despertador. Tiene un reloj interno muy preciso, pero aun así, se queda en la cama con los ojos cerrados disfrutando los pocos segundos que le quedan antes de tener que levantarse.

—¡Buenos días, queridos oyentes! Son las siete de la mañana de un soleado martes, y las temperaturas… —Pero la voz se interrumpe con brusquedad cuando una mano apaga con desgana la radio.

Suspira y se estira con pereza. Se quita las legañas y se gira en dirección a la ventana. Siente los rayos del sol en la cara, mas cuando abre los ojos, la oscuridad se niega a marcharse. Es una sensación extraña, y aunque ya se ha acostumbrado, le pone de mal humor.

Se levanta de la cama en esa noche artificial, recorre los pocos metros que lo separan del baño y se lava la cara. Evita el espejo, es una costumbre que adquirió cuando la luz de sus ojos comenzó a apagarse, y aunque ahora ya no importa hacia dónde dirija su vista, aún la mantiene.

Sale al pasillo, pone su mano derecha sobre la pared y comienza a andar. Primera puerta: la habitación de P. Segunda puerta: el salón. Tercera puerta: el comedor. Al llegar allí alarga la otra mano hacia la pared opuesta y entra en la habitación. El olor del café recién hecho inunda sus sentidos y, a su derecha, el suave repicar de los platos le indica que C. los está colocando en el armario.

Sin decir nada se acerca a él. No sabe exactamente cómo de lejos está, pero tan solo da dos pasos, la cocina no es demasiado grande.

—Buenos días.

—¡Mierda, M.! No te he escuchado llegar. —No lo ve, pero sonríe al imaginarse el brinco que ha dado. Le encanta pillarle desprevenido.

—¿Has dormido bien? —pregunta alargando una mano en su dirección.

C. la toma entre sus dedos y se acerca a él. Le responde de manera afirmativa y le besa en los labios. Es un beso corto, un beso de buenos días. Un beso lleno de amor que hace que su mal humor desaparezca por completo.

Desayunan con calma, sin prisa, y cuando dan las ocho C. se levanta para despertar a la princesa.

—¿Quieres el libro? —pregunta antes de irse.

M. suspira y su mal humor regresa al instante. No, no quiere el libro. Lo odia. Odia leerlo, pero odia mucho, muchísimo más tener que leerlo.

Sin esperar una respuesta, C. le deja el libro en las manos y le da un dulce beso en la frente. Lo escucha salir de la habitación, y unos segundos más tarde su voz y la de la princesa se oyen a lo lejos.
Sabe que tardarán un rato, P. siempre tiene un despertar pésimo, en eso ha salido a él. Con hastío, busca el marcapáginas y abre el libro por donde se quedó la última vez. Pone el dedo índice en la parte de arriba de la hoja y lo mueve hasta encontrar la primera letra.

Antes le encantaba leer, siempre tenía una lectura en proceso y en la mesilla de noche una pila inmensa de libros pendientes. Pero ahora, lo que fue uno de sus mayores pasatiempos, se ha convertido en una tortura. La lectura ya no es una actividad amena, algo con lo que distraerse y olvidarse de todas sus preocupaciones. Ahora se ha vuelto parte del problema.

Nunca fue especialmente hábil con las manos, y leer con la punta de los dedos le cuesta horrores. Va muy despacio, tanto, que hasta P., con sus seis años, es más rápida que él.

Suspira frustrado. No ha conseguido entender ni la primera frase, se frustra, y siente cómo su mal humor aumenta. Sin embargo, se obliga a relajarse, respira hondo y aparta el dedo de la hoja. Hace unos días, después de un severo ataque de ansiedad, C. le hizo prometer que no dejaría que aquellos destructivos pensamientos volviesen otra vez a atrincherarse en su cabeza. La lectura siempre fue su vida, su medio de escape, y ahora no tiene por qué ser diferente. Solo tiene que tener paciencia; algo de lo que siempre careció.

—¡Diablos! —blasfema en voz baja. Odia hacer promesas que sabe que le va a acostar cumplir.
Su mente viaja al pasado, a esa conversación.

—Piensa que, a pesar de todo, has tenido suerte. Si tu pasatiempo hubiese sido pintar ahora estarías bien jodido.

En aquellos momentos esas palabras no le reconfortaron en absoluto, de hecho, le cabrearon más aún. Pero ahora, cuando lo mira en retrospectiva, se da cuenta de la verdad que esconden. Va a costarle, mucho, no va a ser fácil, nadie dijo que lo fuese, pero en algún momento podrá volver a sentarse en el sofá y leerle cuentos a P.

Toma aire, se tranquiliza e intenta concentrarse. Es una cuestión de práctica, lo sabe, cuanto más lo haga más sencillo será.

No la ve llegar, por supuesto, tampoco la oye, y cuando P. salta gritando sobre sus piernas le toma completamente desprevenido.

Urbanización Las Madrigueras bajo el Roble



En la urbanización Las Madrigueras bajo el Roble el día se presentaba tranquilo. Como ya era tradición, el señor Conejo, con su inseparable reloj de bolsillo, había sacado a la puerta de su casa una mesa, unas cuantas sillas y la baraja de cartas. No había terminado de colocar el tapete cuando su vecino, el señor Sapo, que ese día llevaba un elegante broche en forma de mosca enganchado a la chaqueta, se acercó a él.

—¿Puedo? —preguntó con educación señalando a la mesa.

—Faltaría más —respondió el señor Conejo.

Unos minutos más tarde el señor Oruga, con su eterna pipa entre los labios, se unió. Al igual que la señorita Rata, tan elegante y conjuntada como siempre, y hasta el señor Búho, con sus gafas de montura gruesa, había bajado desde la urbanización vecina: Los Nidos sobre el Roble, para echar unas partidas. A todos les encantaba jugar a las cartas, mucho más si era apostando dinero, algo que a la señora Conejo siempre le disgustaba.

—Te jugarás el sueldo del mes y volverás a perderlo todo —le decía a su esposo en cada ocasión.

Sin embargo, el señor Conejo se negaba a aceptar que su buena fortuna hubiese desaparecido. Desde que tuvo ese accidente, y le tuvieron que operar la pata derecha, parecía que la suerte había dejado de sonreírle.

El que siempre se iba a casa con los bolsillos llenos era el señor Búho. Quizá fuese porque era el más inteligente de todos ellos, el más astuto o el que ocultaba mejor sus emociones pero, fuese lo que fuese, no había día en que no saliese de allí con más dinero que con el que entró. Solo había alguien que podía hacerle frente: el señor Don Gato, como insistía en que le llamasen. Por eso, cuando lo veía aparecer les susurraba a sus compañeros de juego todos los rumores, ciertos, falsos y recién inventados por él mismo, que se le ocurrían. Mas siempre acaba con la misma frase: «Nos desplumará a todos». La única vez que le habían permitido jugar, el señor Don Gato lo ganó todo. No cayó en ninguno de sus muchos faroles y ellos cayeron en todos los suyos. Y así, acabó llevándose cada uno de los sueldos, ahorros,  plumas y bigotes apostados.

La tarde había comenzado cuando un vecino se acercó a la mesa.

—¿Po-podría unirme a vosotros? —preguntó el joven Pollo.

El señor Conejo le miró durante un segundo, evaluándolo.

—¿No te había prohibido la señora Lechuza, tu psicóloga, jugar a las cartas?

—Ssssí, pe-pero…

—La última vez perdiste todos los ahorros que tus padres tenían guardados para tus ocho hermanos y para ti, ¿por qué no piensas en ellos? —preguntó la señorita Rata observándolo con reproche.

Nadie dijo nada más, el no quedó implícito, y continuaron con la partida. Pero entonces, el joven Pollo puso una enorme bolsa encima de la mesa. El golpe que dio cuando chocó con la madera hizo que todo vibrase, y los jugadores escucharon con claridad el entrechocar de las monedas.

—Lo tuyo es un problema de verdad, chaval —dijo el señor Búho con los ojos bien abiertos por la emoción.

El joven Pollo era uno de los peores jugadores que conocía, y la adicción que tenía por apostar sobrepasaba la normalidad. Cuando se metía en una partida la avaricia le podía. Lo quería todo, jugaba y arriesgaba sin mesura, y al final, aquella ambición terminaba siendo su peor enemigo.

—¿De dónde has sacado esto? —preguntó el señor Conejo con una expresión asustada en el rostro. Abrió el saco y de su interior sacó un puñado de monedas de oro y alguna piedra preciosa—. ¡Habla! —exigió agarrándole de la pechera.

Sin embargo, antes de que el joven Pollo pudiese responder, una gigantesca sombra apareció en el suelo. Lo escucharon antes de verlo: un grave y furioso rugido les llegó desde el cielo.

—¡¿Le has robado a Dragón?! ¡Maldito insensato! —gritó el señor Conejo.

—Será nuestro fin —sollozó la señorita Rata corriendo a esconderse en su casa.

—Nos matará a todos —se lamentó el señor Búho echando a volar lo más lejos de allí.

IDGAF



Emma estaba sentada en su sofá con una frustrada expresión en el rostro. No sabía cómo había pasado, pero había vuelto a caer, una vez más.

—¿Por qué no aprendes, maldita estúpida? —se regañó a sí misma.

Cuando el nombre de Alex apareció en la pantalla de su móvil debía haberlo ignorado, igual que las últimas treinta veces. Debía haber pasado de él y haber seguido leyendo. Pero aquel día algo le hizo responder y, como ya había ocurrido con anterioridad, volvió a dejarse convencer. Se dejó embaucar por las bonitas palabras del chico y permitió que la halagase con sus zalamerías de siempre. Alex se deshizo en perdones que no sentía, y aunque ella no se creyó sus excusas, sabía que no eran más que burdas mentiras, no pudo evitarlo.

—No tienes que responderme ahora —le dijo en tono de voz suave—. Piénsatelo unos días y cuando estés segura me respondes. No quiero presionarte.

Era lo que le había dicho antes de despedirse. Aquello era muy típico de Alex, hacer como que era ella la que tomaba las decisiones cuando en realidad solo la estaba manipulando. Lanzó un suspiro al aire sin saber qué hacer.

—¿Por qué tuve que coger el teléfono? —se preguntó enfadada.

Se odió por ser tan débil, por dejarse embaucar, y por romper la promesa que se había hecho a sí misma hacía unos meses, cuando había decidido pasar página y acabar con esa tóxica relación de una vez por todas.

Estaba perdida en sus pensamientos cuando una canción llegó a sus oídos. Venía de la calle y los acordes se colaron por la ventana, atravesaron la marabunta de confusas ideas que la invadían y resonaron en su cabeza con intensidad. Emma no creía en el destino, pero aquello no podía ser casualidad. La letra de aquella canción parecía escrita expresamente para ella, y la escuchó con atención hasta el final. En silencio, absorta en cada una de las palabras.

Cuando los últimos acordes acabaron tomó una decisión, y su resolución fue más fuerte que nunca.

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