IDGAF



Emma estaba sentada en su sofá con una frustrada expresión en el rostro. No sabía cómo había pasado, pero había vuelto a caer, una vez más.

—¿Por qué no aprendes, maldita estúpida? —se regañó a sí misma.

Cuando el nombre de Alex apareció en la pantalla de su móvil debía haberlo ignorado, igual que las últimas treinta veces. Debía haber pasado de él y haber seguido leyendo. Pero aquel día algo le hizo responder y, como ya había ocurrido con anterioridad, volvió a dejarse convencer. Se dejó embaucar por las bonitas palabras del chico y permitió que la halagase con sus zalamerías de siempre. Alex se deshizo en perdones que no sentía, y aunque ella no se creyó sus excusas, sabía que no eran más que burdas mentiras, no pudo evitarlo.

—No tienes que responderme ahora —le dijo en tono de voz suave—. Piénsatelo unos días y cuando estés segura me respondes. No quiero presionarte.

Era lo que le había dicho antes de despedirse. Aquello era muy típico de Alex, hacer como que era ella la que tomaba las decisiones cuando en realidad solo la estaba manipulando. Lanzó un suspiro al aire sin saber qué hacer.

—¿Por qué tuve que coger el teléfono? —se preguntó enfadada.

Se odió por ser tan débil, por dejarse embaucar, y por romper la promesa que se había hecho a sí misma hacía unos meses, cuando había decidido pasar página y acabar con esa tóxica relación de una vez por todas.

Estaba perdida en sus pensamientos cuando una canción llegó a sus oídos. Venía de la calle y los acordes se colaron por la ventana, atravesaron la marabunta de confusas ideas que la invadían y resonaron en su cabeza con intensidad. Emma no creía en el destino, pero aquello no podía ser casualidad. La letra de aquella canción parecía escrita expresamente para ella, y la escuchó con atención hasta el final. En silencio, absorta en cada una de las palabras.

Cuando los últimos acordes acabaron tomó una decisión, y su resolución fue más fuerte que nunca.

El gerifalte



Juan es un tipo de lo más normal. Nunca tuvo mote, siempre fue Juan. Ni Juanito, ni Juanillo, ni Juanote, aunque su tamaño bien podía haber dado para muchos diminutivos y aumentativos.

Pero a pesar de todo siempre fue Juan, a secas.

Está bien entrado en la cuarentena, con más calva que canas y un cuerpo en forma de canica.

Siempre lleva unas gafas de pasta gruesa y un traje que, aunque nunca están impecables, tampoco están mal cuidados.

A simple vista Juan parece un hombre del montón. Ni guapo, ni feo. No tiene una sonrisa bonita ni una personalidad arrolladora. No llama la atención y cuando se presenta nadie se queda con su nombre o su cara.



—Basta ya de tantos rollos, narrador. Además, ¿a qué viene esa descripción tan poco heroica de mi persona?

—Perdona, Juan. Pero tienes que reconocer que es la verdad.

—¡Bah! No tienes ni idea. Déjame que cuente yo la historia.

—Como prefieras.



Podría decir muchas cosas sobre mí. He vivido millones de aventuras y conocido gente de todas partes del mundo. Pero para no dar demasiada envidia voy a contaros la vez en la que María se quedó prendada de mí.



—¿María? ¿La que se casa con el jefe dentro de un mes?

—…

—No me mires así, Juan. ¿Es ella?

—¡Cállate y déjame contar la historia!



Ocurrió un lunes. Aquel fin de semana me había comprado un traje nuevo, y para ser sinceros, me quedaba cojonudo.



—Tampoco hace falta decir este tipo de palabras, ¿no te parece?

—¿Me vas a estar interrumpiendo en cada frase?

—No, pero podías utilizar otra expresión: perfecto, hecho a medida, como un guante. No siempre hay que recurrir a ese lenguaje tan vulgar.

—Está bien. El traje me quedaba perfecto. ¿Mejor?

—Sí, gracias. Continúa.



Como iba diciendo, aquel día estaba espectacular. Me miré en el espejo del ascensor, me coloqué la corbata y cuando las puertas se abrieron salí al pasillo.

Saludé a la recepcionista y desde ese mismo momento supe que aquel día iba a ser apoteósico.



—¿Por qué? ¿Qué fue lo que hizo?

—No hizo nada, fue su mirada. Me comió con los ojos.

—¿En serio?

—Así es. La saludé con un «¡Buenos días, princesa!» que había escuchado en una película y entré en el despacho. Pero noté sus ojos recorrer todo mi cuerpo.

—Pues yo recuerdo que te miró con una sonrisa incómoda.

—¿¡Qué sabrás tú!?

—Bueno, bueno, no te enfades. Yo me callo ya.



Me dirigí a mi mesa, encendí el ordenador y miré el reloj. Eran las ocho y cinco, lo que significaba que las secretarias ya deberían estar en la cocina. Con paso seguro me encaminé hacia allí.



—¿No fue en ese momento cuando te tropezaste con el paquete de folios y tiraste la taza de Rubén al suelo? La que le había regalado su hermana antes de morir en ese espantoso accidente de tráfico.

—…

Difuntos


Aquel era uno de esos días fríos, grises y lluviosos en el que uno habría preferido tomarse unas vacaciones y quedarse al resguardo de las sábanas. Mas eso era algo que Inés no podía permitirse. Había comenzado a trabajar en el centro de salud hacia tan solo seis semanas y un día libre era algo, simplemente, inimaginable.

La jornada pasó muy lenta, y cuando el reloj marcó las tres, la chica miró por la ventana. El cielo estaba oscuro y amenazaba con dejar caer una fuerte tormenta. Pero a pesar de todo, tomó el abrigo y la bufanda y se marchó a la calle. El presagio de lluvia no importaba, tenía que hacer su trabajo; la señora Martínez la esperaba en su casa para su revisión semanal.

Lanzó un suspiro al aire y se dio ánimos en silencio.

No tenía un trayecto muy largo, unos cinco minutos andando. Al llegar, llamó al timbre y esperó paciente; la señora Martínez era una mujer muy mayor y le costaba moverse. Con las manos en los bolsillos le echó un vistazo a la casa; le encantaba. Era un edificio grande y muy antiguo, de dos plantas más un desván. La fachada era de ladrillo, y las puertas y las ventanas de madera le daban un aspecto campestre que siempre le había fascinado. No había persianas, sino unos antiquísimos postigos que hacía mucho tiempo que habían visto sus mejores años.

Un minuto más tarde nadie había acudido a su llamada e Inés frunció el ceño. La luz del salón estaba encendida, y justo delante de la televisión, en su sillón de siempre, distinguía a la señora Martínez. Volvió a llamar, pero del interior de la casa solo le llegó el lejano rumor de la telenovela de las tres. Alargó la mano, tomó el picaporte y para su sorpresa la puerta se abrió. La empujó un poco y entró al interior de la casa. Había estado varias veces allí y, en silencio, recorrió el conocido pasillo hasta el salón.

—¿Señora Martínez, se encuentra usted bien? —preguntó acercándose a ella.

La mujer no se había movido y no parecía que la hubiese escuchado entrar. Su rostro era serio y sus ojos estaban fijos en el televisor, pero tenía la mirada perdida, casi no parpadeaba, e Inés estaba segura de que no le estaba prestando ninguna atención.

—¿Hola, señora Martínez? ¿Me oye?

Colocó una mano sobre el brazo de la mujer y justo en el momento en el que sus dedos tocaron su piel, la mujer giró la cabeza en su dirección. Lo hizo de golpe, sin decir ni una palabra, y sus ojos quedaron clavados en los suyos. En ese instante, un intenso escalofrío recorrió su cuerpo y la hizo estremecerse de pies a cabeza.

Leyendas olvidadas



El cuchillo llevaba expuesto en ese museo desde hacía muchos años. Era una auténtica reliquia, aunque el tiempo había vuelto el filo romo, y el agua lo había oxidado.

Cuando la gente pasaba por la vidriera en la que estaba expuesto, algunos seguían caminando sin prestarle atención y no se fijaban ni en las mellas ni en las pequeñas grietas que presentaba la hoja. Otros, en cambio, se paraban durante unos segundos y se preguntaban a quién habría pertenecido y qué habría sido de su dueño.

Y si ese cuchillo pudiese hablar les habría llenado los oídos de historias de peligro, valor, miedo, esclavitud, amor, libertad y sangre.

No tenía nombre, no era una espada, y no había pertenecido a ningún personaje famoso, al menos en la actualidad. Pero hace muchos, muchos siglos, cuando su filo era letal, el hombre que lo portaba era temido y amado a partes iguales.

Un hombre libre, un campesino, un guerrero, un esclavo, un gladiador.

*

Aquella noche Segimer se despertó con la respiración acelerada. Había vuelto a revivir aquel fatídico día, esa batalla en la que fueron masacrados y que los condenó a todos. En un principio, tanto él como todos sus compañeros fueron enviados a una cantera de piedras dentro de los limes del Imperio Romano, pero unas semanas más tarde, un lanista llegó y le dio un giro a sus vidas.

—¿Estos son los más nuevos? —preguntó el hombre lanzándole al jefe de la cantera una mirada escéptica.

—Así es, señor.

—No son muchos.

—Los últimos no llegaron en muy buenas condiciones, y estos son los únicos que han sobrevivido —respondió encogiéndose de hombros.

El lanista vestía la túnica más elegante que Segimer hubiese visto jamás, iba bien arreglado, afeitado y perfumado, y cuando pasó por su lado, el olor le hizo arrugar la nariz. «¿Y esto es un hombre? », se preguntó.

Gnaeus Lucius, que era el nombre del lanista, había ordenado que todos los hombres que habían llegado en las últimas semanas a la cantera se colocasen en una fila. Y allí estaban los diez, de pie, esperando, dejándose evaluar por ese hombre que decidiría su futuro.

Segimer no sabía muy bien qué era mejor, si quedarse allí y picar piedra hasta morir de cansancio, o que el lanista se lo llevase. Había oído hablar de esos hombres y de a lo que se dedicaban, el entrenamiento de gladiadores, y no estaba seguro de cuál de las dos opciones era mejor.

Pero Segimer no tenía ningún derecho a opinar sobre lo que pasase a continuación con su vida, y tan solo le quedaba esperar.

El señor de las moscas. Reseña


Título: El señor de las moscas.
Autor: William Golding.
Año de primera publicación: 1954.
Editorial: Círculo de Lectores.


Un grupo de chicos de no más de trece años se encuentran en una isla desierta donde hay comida de sobra, y no existen depredadores. Tienen un plan: hacer una hoguera y esperar a que les rescaten. En un principio parece que todo va a salir bien, no hay nada por lo que preocuparse. Pero las cosas empiezan a torcerse cada vez un poco más, un poco más, hasta que…


Sinopsis:

Esta impresionante novela nos cuenta la aventura de un grupo de niños que, de pronto, se encuentran en una isla desierta. El avión que los evacuaba, para ponerlos a salvo de una guerra nuclear, se ha estrellado en la selva de un trozo de tierra perdido en el mar. Los más pequeños tienen seis años, los mayores, trece. Ante ellos se extiende la oportunidad de vivir una experiencia estupenda. Porque en la isla hay de todo, menos fieras y peligros. Disponen de frutas y alimentos de sobra, materiales para construir alojamientos, clima agradable, un escenario precioso…

Lo único que tienen que hacer es divertirse, mientras esperan a que vayan a rescatarlos. Más que una aventura, aquello es un juego. Pero los chicos, que parecen educados en buenos colegios británicos, tienen la malhadada ocurrencia de organizarse en una sociedad a imagen y semejanza de la de las personas mayores, esos seres que siempre saben lo que debe hacerse.

A partir de ahí, las cosas empiezan a torcerse. La envidia asesina a la solidaridad, el afán de protagonismo desemboca en ambición de poder, la superstición y el miedo generan agresividad. Y lo que podía ser un juego se convierte en una guerra sin cuartel.

Poco a poco el paraíso se transforma en infierno, a medida que los chicos degeneran, lanzados con entusiasmo hacia la crueldad y la barbarie.


Eso que solo la música te hace sentir


Todo el mundo era feliz hasta que las luces se apagaron y la música comenzó a sonar.

En la oscuridad del teatro, los espectadores enmudecieron, hechizados por las notas de la triste y nostálgica armónica. La melodía de aquel pequeño instrumento se expandió con lentitud por la enorme sala, y transportó a cada una de las personas que la escuchaban a un mundo lejano. Un mundo lleno de melancolía, soledad y pesar.

Dos minutos, eso fue todo lo que necesitó para hacer vibrar a todos los que escuchaban; y cuando los sentimientos comenzaron a hacerse palpables, el sonido murió con una larga y afligida nota.

Entonces se hizo el silencio. El público miraba al frente, expectante, impaciente por saber qué ocurriría a continuación. Algunos se limpiaron con disimulo unas traicioneras lágrimas, y cuando la expectación estaba en su mayor auge las cortinas se abrieron, un foco iluminó con intensidad el centro del escenario, y con un golpe seco, el gong dio comienzo a la obra.

La melancolía de la armónica fue sustituida por el alegre sonido de las flautas. Dulces y hogareñas. Los pañuelos quedaron en el olvido. Las caras se relajaron y las sonrisas afloraron. Aquella era una melodía alegre y familiar. De días al sol y tardes de pícnic. Los rostros divertidos quedaban ocultos en la penumbra del auditorio, pero las risas inundaron la sala.

La guitarra continuó la historia; el piano le ayudó, y poco a poco la tensión fue en aumento. Arpas, violines, flautas. El volumen fue creciendo y la obra evolucionando. La historia avanzó con vigor, sin descanso, siempre un poco más enérgica, siempre un poco más intensa.

La introducción había dado paso al nudo, y el conflicto en el escenario tenía a los espectadores con el corazón en un puño.

Ética laboral



Le encantaba su trabajo, lo adoraba. Lo supo desde que era muy pequeña. Y desde hacía más de treinta años se dedicaba a ello: era enfermera en uno de los hospitales con más renombre de la capital.

Siempre se levantaba con ganas de comenzar el día e incluso las largas guardias se le hacían, algunas veces, bastante cortas. Pero hace unas semanas todo cambió.

—Imagino que te habrás enterado de la llegada del nuevo paciente —le dijo la jefa de las enfermeras.

Ella asintió en silencio temiéndose lo que vendría a continuación.

—No puedo encomendarle su cuidado a nadie más. —Se acercó a ella y le puso una mano sobre el hombro—. Sé que puedo confiar en ti. Sé que vas a ser capaz de mantener la distancia con él y serás lo suficientemente fuerte como para aguantar sus palabras.

Desde que le dijeron que iban a trasladar a ese despreciable hombre al hospital en el que trabajaba, se temió que aquello ocurriese.

Su profesión estaba llena de altibajos, algunas veces le tocaba tratar con pacientes a los que les daba pena decir adiós, y otros por los que haría una fiesta cuando les daban el alta. Pero, en los pocos días que llevaba allí, aquel hombre había conseguido lo que nadie había hecho: que salir de la cama por las mañanas le resultase una auténtica tortura. Saber que tendría que verle la cara, al menos cinco veces al día, le hacía plantearse si su trabajo seguía mereciendo la pena.

Recorrió a paso lento el largo pasillo que la separaba de la habitación. Cuando llegó a la puerta saludó de manera escueta al policía que estaba allí apostado, tomó aire y se dio ánimos. Agarró el picaporte y entró en el interior.

Como siempre, el hombre estaba tumbado, esposado a las dos barras de la cama. Tenía los ojos abiertos y cuando la vio entrar esbozó una coqueta sonrisa.

—Mira, mira. ¿Quién tenemos aquí? Mi enfermera favorita. ¿Cómo estás hoy, Lola?

Nunca le había dicho su nombre. No iba a darle ningún tipo de información sobre ella, así que él la había bautizado así.

—Tienes una cara horrible, ¿has dormido mal?

No le respondió y se limitó a hacer su trabajo con la mayor diligencia posible. Comprobó que todo estuviese en orden y le acercó a los labios el vasito con las pastillas que tenía que tomarse.

El hombre sonrió y negó con la cabeza.

—Eso son muchas pastillas, Lola. Si quieres que me las tome tendrás que darme algo a cambio.

Le miró con seriedad. No iba a caer en ese juego. Aunque si por ella hubiese sido, le habría tirado las pastillas a la cara y se habría marchado de allí dedicándole un grosero corte de mangas. De hecho, le habría encantado cambiarle los medicamentos por Lacasitos o mejor, por litio, lo mejor para los pacientes con problemas cardiacos. En un par de días estaría muerto y nadie lloraría por él. Pero su ética laboral le impedía hacerlo.

Los girasoles


Dio una pincelada y miró satisfecho su obra aún inacabada.

—¿En serio, Vincent? ¿Otra más? —le preguntó con voz cansada—. No es que no me parezca que soy bonita, pero soy la séptima del mismo tema. ¿No te aburres de pintar siempre lo mismo?

—No sé de qué me estás hablando —respondió de mal humor.

—Pues de que no entiendo esta obsesión que tienes con los girasoles. ¿No puedes pintar otras flores? Vale que las rosas están muy vistas, y no serías más original de lo que eres ahora, pero no sé, igual unas margaritas, unas amapolas, unos tulipanes. Yo que sé. Algo diferente.

Se fulminaron con la mirada durante unos segundos hasta que al final se escuchó un suspiro hastiado.

—Entiéndeme, Vincent, estoy un poco frustrada. No sé a qué viene esta obsesión o por qué haces versiones de tus propias obras. Aunque ya que te pones a repetirte, no me habría importado ser una calle aledaña del Café Terrace. Ese cuadro me encanta, pero es que estas flores amarillas ya están muy vistas.

—En este tiempo he pintado muchas más cosas aparte de girasoles. No sé porque te quejas tanto —contestó en voz baja con un deje de amenaza.

—No te pongas a la defensiva, que lo hago por tu bien, para ayudarte —respondió molesta—. Es solo que me gustaría entender a qué viene esta obsesión. Estoy de acuerdo en que decorar la casa con cuadros pintados por ti mismo es mucho más original que poner flores. Seguro que impresionaste a Paul. Pero ya lleva mucho tiempo aquí, y…

Quiso seguir hablando, sin embargo, la cara de angustia de Vincent le hizo callarse. Hacía tiempo que no veía aquella expresión en su rostro. Sus ojos brillaron de emoción durante unos segundos, igual que cuando era un adolescente, y entonces lo entendió todo.

—Está bien, lo capto. Puedes seguir con los girasoles.

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