Caprichos del destino


Los hidroaviones estaban preparados en la cubierta del acorazado a la espera de que el comandante diese la orden.

—¿Todo listo, señores? —preguntó el oficial por la radio.

—¡Sí, señor! —asintieron los pilotos desde dentro de sus cubículos.

—Buen vuelo y ¡suerte! —dijo presionando el botón verde, la señal que les daba vía libre para despegar y surcar los cielos.

Eran siete, los mejores pilotos estadounidenses con la mejor flota de hidroaviones que hasta ese momento se había construido. Y tenían una misión muy clara, buscar los submarinos alemanes que navegaban por las aguas de esa zona del atlántico y acabar con ellos.

Cuando los pilotos elevaron el vuelo sus pulsos estaban a mil por hora, su tarea era mucho más peligrosa de lo que decían los papeles, pues los sumergibles enemigos solían ir escoltados por unos rápidos cazas que traían de cabeza a cualquier que se enfrentase con ellos.

Después de unos minutos volando, Charlie fue el primero en avistar una nave.

—¡Todo abajo a las dos en punto! —gritó por la radio dirigiéndose en picado hacia allí.

—¡Lo veo!

—¡Te sigo!

—¡Vamos a destrozar a esos cabrones!

El radar no daba señales de la presencia de ningún caza, y los siete hidroaviones se dirigieron hacia el submarino. Lanzaron contra él todo lo que tenían y debieron de tomar a los alemanes desprevenidos, pues unos minutos más tarde el sumergible estalló en una densa nube de humo.

A Charlie siempre le maravillaba ver cómo esas enormes estructuras de metal explotaban en medio del agua. El fuego se expandía durante unos segundos y luego se apagaba con la misma rapidez con la que había surgido.

Lo que nunca quiso imaginarse fue el horror que debían de pasar los marinos en sus últimos instantes de vida. La muerte estaba clara, lo único que quedaba por saber era qué era lo que los mataría, si el fuego o el agua.

Los gritos de júbilo de sus compañeros resonaron en sus oídos y desde su pequeña cabina podía ver sus sonrisas satisfechas. Ni una sola baja. Había sido una misión impecable.

Sin perder tiempo se dirigieron de vuelta al acorazado, pero antes de llegar el radar de sus hidroaviones les avisó de la llegada de los cazas enemigos. No habían podido evitar la destrucción del submarino, pero aun así intentarían acabar con los responsables.

Los alemanes se lanzaron contra ellos con rapidez y violencia.

Charlie tenía los ojos puestos en ellos, en esos magníficos aviones que volaban a su alrededor con la intención de derribarle. Dejó de escuchar los ruidos provenientes de la radio y sus gritos se unieron a los de los seis hombres que combatían a su lado.

Los alemanes eran más, habría por lo menos diez de ellos, y al cabo de unos minutos las máquinas estadounidenses comenzaron a caer al mar.

El radar le avisó de que sus adversarios le habían rodeado por completo y un fuerte golpe en la parte de atrás del hidroavión le indicó que le habían alcanzado. Luchó con todas sus energías para conseguir mantenerse en el aire, pero todo el sistema comenzó a fallar; se quedó sin radar, sin radio y unos instantes después los motores empezaron a echar humo.

Viró como pudo esquivando los proyectiles enemigos y en su descenso se deshizo de un caza alemán.

—¡No me iré solo! —bramó con fuerza.

Borsalino


Cuando entro en la tienda de sombreros lo primero que capto no es el olor a tela que lo inunda todo o la pulcra colocación de los productos expuestos en una perfecta simetría, sino la magnífica música que sale de los altavoces de un pequeño, y muy antiguo, reproductor de CD. Solo dos compases son necesarios para que reconozca la banda sonora de una de las mejores películas de la historia, “Dentro del laberinto”, con el no menos magnífico David Bowie como uno de los protagonistas.

Sonrío y no puedo evitar tararear la canción cuando llega el estribillo. «Bowie era un maldito genio», pienso.

Me acerco al mostrador, dejo la mochila en el suelo, entre mis piernas, y saludo al dependiente. El hombre tendrá unos sesenta años y cuando nuestros ojos se cruzan me dedica una mirada cómplice.

—Una gran canción —me dice.

—Inmejorable —respondo.

—¿Qué puedo hacer por usted? —pregunta con amabilidad.

El hombre me cae bien, y pasamos los siguientes veinte minutos buscando el sombrero perfecto. Tengo una idea muy general de lo que quiero: no puede ser muy extravagante, pues no debe llamar la atención, pero tiene que tener el ala grande, al menos un poco, lo suficiente como para que pueda esconder mi cara de miradas indeseadas.

—Sería más sencillo si me dijese cuál es el propósito de comprarse este sombrero —dice el hombre al ver que no consigo decidirme por ninguno.

Lo miro suspicaz, ¿me ha descubierto? ¿He dicho alguna cosa que lo ha hecho sospechar?

Átropos


Todo empezó con una desasosegante mirada al bies que me hizo estremecer.

Había escuchado sobre ella en múltiples ocasiones, pero nunca creí en su existencia, y jamás se me ocurrió pensar que algún día podría encontrármela cara a cara.

Iba vestida toda de negro con una capucha sobre la cabeza que no le cubría el rostro. Un rostro que denotaba el tiempo transcurrido; los años pasados, los siglos y las épocas. Las arrugas se extendían por su cara sin dejar ni un solo centímetro de superficie sin plegar. Y los labios se hundían dentro de su boca, como si detrás de ellos no hubiese dientes.

Me miró desde la distancia y se fue acercando a mí con lentitud. Un paso, luego otro, y otro. No tenía prisa, y conforme la distancia que nos separaba se iba haciendo cada vez más corta, unas imágenes empezaron a pasar por mi cabeza.

Me vi con cuatro años montado en la cochambrosa carretilla de papá. Mi hermano mayor la empujaba con todas sus fuerzas por la cuesta que daba a la cantera. Cuando el camino de tierra empezaba a descender la soltó y me despidió con la mano desde lo más alto mientras yo caía a toda velocidad. Nos encantaba hacer aquello.

La imagen cambió. Era un día de otoño de cuando tenía siete años. Estaba en el campo del abuelo, en el barrizal, por supuesto, y conducía el pequeño coche de carreras que mi tío me había regalado por mi cumpleaños.

Todo quedó en negro y lo siguiente que apareció ante mis ojos fueron pequeños trozos de las incontables visitas a todos los parques de atracciones que frecuenté a lo largo de mi vida. Desde las pequeñas norias a las que me subía mi padre sin que mi madre se enterase, hasta las gigantes montañas rusas a las que me hice adicto desde la adolescencia, en especial a esas que te remueven todo el contenido del estómago y lo que aún no has comido. Adrenalina en estado puro.

Luego reviví ese campamento de verano en la montaña: las visitas a cuevas tan profundas que hasta el eco se perdía, los largos paseos fluviales por los rápidos y las excursiones de senderismo por los altos acantilados.

Lo siguiente que rememoré fue el regalo de mi veinticinco cumpleaños: esa inolvidable experiencia de tirarse desde un puente de más de veinte metros de altura con solo una cuerda atada al tobillo. Sublime.

Un segundo


Desde mi asiento tengo una vista espectacular de La Tierra, de donde salimos hace más de tres meses y a la que estamos a punto de regresar. La nave en la que viajamos va a entrar en la atmósfera en unos instantes.

Es el momento definitivo.

Solo un poco más.

La luz roja se enciende.

Fuego. La nave está en llamas.

Un segundo; es el tiempo que tardo en mirar por la ventana y observar la vista más maravillosa que se pueda tener. Y es también lo que tardo en darme cuenta de que será lo último que vea.


La idea de este mini relato la saqué del libro 642 cosas sobre las que escribir, donde la premisa era que contásemos algo que ocurriese en un segundo. Además me obligué a que no tuviese más de 100 palabras de extensión, comprimir tanto un texto siempre me resulta realmente complicado.

Y esto es lo que salió.

¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado?

Si quieres leer más textos originales escritos por la autora de este blog, en este enlace los puedes encontrar todos.

¡Un saludo!



Coraje y valor


—¿Por qué no está la comida hecha, Emilia? —preguntó José cuando entró en su casa y vio la mesa sin poner.

Pero la única respuesta que obtuvo fue un largo silencio.

José llegaba del trabajo todos los días a la misma hora, y desde que se casó con Emilia, hacía más de quince años, siempre le tenía preparada la comida, había recogido la casa y los niños estaban tranquilos. Después de todo el día en la oficina lo que menos le apetecía escuchar eran los lloros de los críos.

Mas ese día todo parecía diferente.

Entró en la cocina, pero Emilia no se encontraba allí. Fue al dormitorio, sin embargo, el cuarto estaba vacío. La buscó por toda la casa, pero no había ni rastro de su mujer ni de sus hijos. Aquello le desconcertó.

Recorrió todas las habitaciones una y otra vez y entonces vio un papel encima de la mesa del salón. Lo tomó, y cuando sus ojos fueron leyendo las palabras la ira se acumuló en su interior.

—¡Maldita puta! —gritó colérico. Hizo una bola con el papel y lo tiró al otro lado de la habitación con todas sus fuerzas— ¡Que se va, dice! ¡Que no aguanta más!

Anduvo furioso por el pasillo hasta la cocina mientras seguía murmurando exabruptos.

—¡Una desagradecía! Eso es lo que es. Yo me paso el día currando en esa mierda de trabajo y ella tan solo se tiene que ocupar de los críos y de la casa. Y dice que no la respeto, que no la trato bien.

Abrió la puerta del frigorífico para coger una cerveza, pero lo que se encontró le dejó sin palabras durante unos segundos.

El interior estaba casi vacío, no había prácticamente nada que comer y, por supuesto, tampoco había cervezas.

Cerró la puerta con tanta fuerza que el frigorífico se tambaleó durante unos instantes, algo en el interior se volcó, pero no se preocupó en mirar qué era.

Rabioso, sacó su móvil de la chaqueta y marcó el número de su mujer con tanta fuerza que sus dedos bien podrían haber atravesado el aparato. Cuando dio el primer tono, una musiquita proveniente de la mesa de la entrada le indicó que Emilia había dejado su móvil allí.

Agarró el aparato y lo estampó contra la puerta de cristal del salón. El móvil se desmontó, los trozos salieron volando en todas direcciones y el suelo se regó con los cristales rotos de la puerta.

Miró a su alrededor enajenado. Tenía la respiración entrecortada y los ojos tan abiertos que parecían que iban a salirse de las órbitas. Pisó con saña los pedazos del móvil hasta que de ellos tan solo quedó un amasijo de plástico.

—Hija de puta. Desgraciada. Zorra. Golfa —murmuró con la respiración acelerada.

El poeta


El poeta siempre llegaba un poco antes del amanecer, cuando los gallos aún dormían. Se sentaba en el poyete de la ventana de la casa del alcalde, sacaba sus escritos y esperaba a su audiencia.

Lo que no sabía es que desde que entraba en la ciudad un chiquillo le seguía los pasos. Todos los días esperaba su llegada desde la puerta sur y sin que lo viese lo acompañaba por los vacios callejones hasta la plaza de la ciudad.

Al principio aprovechaba que los espectadores estaban distraídos con las palabras del poeta para robar alguna que otra moneda de las bolsas de los descuidados oyentes. Pero con el paso de los días comenzó a apreciar la belleza de las palabras.

Había versos que el poeta repetía todos los días y el chico se descubrió recitándolos de memoria con él. Incluso cuando el espectáculo ya había acabado las palabras se mantenían en su cabeza y al final su asistencia al diario recital no derivaba en ninguna ganancia monetaria.

Cuando el poeta llegaba a la plaza esperaba a que alguien se sentase y luego lo hacía él. Siempre en primera fila para no perderse ninguna de sus palabras.

Pasaba el día entero allí y cuando el espectáculo acababa se levantaba con el eco de la última estrofa aún resonando en sus oídos. Luego sacudía la cabeza y se obligaba a centrarse. Todos los días se reprendía por quedarse escuchándolo embelesado durante tanto tiempo, aquello no le haría sobrevivir hasta el día siguiente. En cambio las manzanas que había dejado una señora al lado del puesto de ungüentos o el sedoso pañuelo de aquella dama de la corte sí que lo harían. Pero cuando el poeta hablaba ninguna otra cosa importaba.

Miró a su alrededor y analizó su entorno. Las tripas le rugían y decidió ir a la taberna que había cerca del puerto. A esas horas los marineros ya habrían terminado la jornada y era probable que alguno estuviese lo suficiente borracho como para dejar su bolsa sin mucha vigilancia.

Sabía que lo que hacía estaba mal y que si lo pillaban nadie tendría piedad de un chico de nueve años. Le aplicarían el mismo castigo que a todos los demás ladrones y le cortarían la mano. Pero no tenía otra forma de sobrevivir. Sus padres habían muerto en el invierno pasado y no tenía ningún pariente que pudiese mantenerle.

Una noche perfecta


La luna estaba oculta tras una densa capa de nubes y las calles se encontraban en penumbra.

Hacía tiempo que no salía y empezaba a desesperarse. Pero sentía que aquella iba a ser su noche. No se llevó nada consigo, le gustaba improvisar.

Anduvo durante varios kilómetros hasta que llegó a la zona más concurrida de la ciudad. Evitó los callejones oscuros y apartados, allí solo iban prostitutas, chaperos y drogadictos. No le gustaban, eran gente fácil. A él le gustaban los retos. No tenía predilección entre hombres o mujeres, pero debido a su gran estatura y corpulencia las mujeres le solían durar poco.

Menos la penúltima, de la última no quería ni acordarse, resultó ser una tremenda decepción. Pero la anterior fue sublime. Disfrutó muchísimo los pocos minutos que pasó con ella. Se lo puso muy difícil y acabó con unos cuantos arañazos y moratones que no fueron fáciles ni de esconder ni de explicar.

Estaba sentado en un banco bebiendo cerveza, demasiado caliente para su gusto, y perdido en aquel preciado recuerdo, cuando lo vio. Se bajó de un coche oscuro a tan solo unos metros de distancia y pasó por delante de él tarareando una canción pegadiza.

Le gustó lo que vio. Irradiaba seguridad en sí mismo y por los músculos que se apreciaban debajo de la camiseta, supo que aquel hombre, de cabellera trenzada y tez oscura, iba a suponer un buen desafío. Quizás el mayor hasta ese momento.

No se llegó a plantear que acaso, el reto podría superarle. Estaba ansioso, frustrado por la decepción que supuso la anterior, y necesitaba desquitarse.

Dejó que pasase, puso la cerveza en el suelo y después lo siguió. Le observó y estudió durante toda la noche. Era uno de esos hombres que atraían las miradas de todos. Lo gustaba seducir y se dejaba conquistar.

Coqueteó sin reparos ni prejuicios hasta que dio con la afortunada de la noche. Pero a él eso no le importaba. La mujer no parecía gran cosa y no supondría mucho problema deshacerse de ella. Los siguió de cerca. Él le susurraba cosas al oído y ella reía coqueta ante sus palabras.

Iban en dirección al coche y el hombre sonrió satisfecho. Estaba un poco alejado de todo el jaleo, sería perfecto.

Las manos le temblaban por la emoción.

Se dejó llevar.

Improvisó.

Enfrente del coche aún estaba su botella de cerveza. La cogió y cuando el hombre abrió la puerta del coche para que la mujer entrase, la estrelló contra su cabeza.

Cuando la procrastinación gana la partida


Hace un día espléndido, el sol brilla con fuerza en el cielo y me calienta. Pero ese calor tan solo se queda en la superficie, encima de la ropa, y no llega a traspasar la piel. Dentro de mí hay un sentimiento muy fuerte que mana, surge de mi interior, y contrarresta cualquier sensación de alegría o confort.

La frustración se ha hecho dueña de mi cuerpo y campa a sus anchas.

Ya han pasado varias semanas desde que me senté por última vez delante de esa hoja en blanco. Y por aquel entonces ya habían pasado unos cuantos días desde que permanecía inmaculada.

Me da miedo volver allí. Enfrentarme a ella y darme cuenta de que sigue tal y como la dejé.

Así que, aquí estoy, convenciéndome de que hay que aprovechar los días de sol cuando todavía no quema mucho. Doy paseos por el campo, me pierdo entre los frutales y me asombro por lo naranja de la naranja y lo amarillo del limón.

Ando y ando hasta que se hace de noche, ya no hay sol y la excusa se acaba. Así que regreso a casa a paso lento, muy despacio, casi arrastrando los pies. Intento retrasar todo lo que puedo ese inevitable momento. Es angustioso.

Pongo una lavadora, luego otra, las tiendo y me deleito con la fina lencería de la vecina del cuarto. Luego plancho: camisas, pantalones, sábanas, trapos de cocina y calcetines. Hago magdalenas rellenas de mermelada casera, una tarta de chocolate y un lomo de bacalao gratinado con una guarnición de patatas panaderas y pimientos de piquillo acompañado de espárragos trigueros.

Cuando me dispongo a cenar el cielo empieza a clarear, un nuevo día comienza. Tacho otro número en el calendario y suelto un largo y hastiado suspiro.

Me giro hacia la mesa y esta me devuelve una mirada retadora, la hoja en blanco sigue ahí, exactamente igual que antes.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...