Traslado

Información importante.


Debido a diversos problemas con los enlaces, el blog se traslada a otra página: Irene Rodríguez escritora.

Los nuevos escritos, tanto las reseñas como los relatos, los publicaré allí. Dentro de unos días borraré esta página.

Perdonad las molestias.

Un saludo.


Señoritas y plebeyos



En el intenso silencio que había en el tren cualquier pequeño sonido se amplificaba. Era una noche oscura, una densa capa de nubes cubría el cielo, y el frío del exterior se colaba por los resquicios de las puertas y las ventanas. Llevábamos parados en el mismo sitio desde hacía tres días, cuando una copiosa nevada cubrió las vías y el tren no tuvo más remedio que detenerse. El pueblo más cercano estaba a treinta millas de distancia, pero en aquellas condiciones nadie se atrevía a salir y buscar ayuda. El maquinista apareció en nuestro compartimento privado y nos instó a dirigirnos a los vagones de los plebeyos.

—Utilizaremos el carbón de la locomotora para caldear la habitación —dijo abriéndonos la puerta de segunda clase.

No pude evitar arrugar la nariz al entrar, el ambiente estaba muy cargado, y el olor a sudor lo inundaba todo.

—¿Cuánto tiempo tendremos que permanecer aquí? —preguntó una de las refinadas damas con las que viajaba llevándose un perfumado pañuelo al rostro.

—No lo sé, señoras, depende de la nieve —contestó el maquinista.

—¿Disponemos de comida?

—No somos muchos, con lo que tenemos podremos sobrevivir durante unos días. Y agua no nos va a faltar —añadió señalando el exterior.

—Bueno, si la espera se alarga, la plebe puede comer menos, ya están acostumbrados —dijo con desprecio.

Fue la primera en morir.

Aquella noche dejamos que el carbón se apagase un poco, lo suficiente para que la habitación no se enfriara; era imperioso no malgastarlo, al igual que las lámparas de aceite, y dormimos con la poca luz que las brasas del carbón daban.

Tuve un sueño intranquilo, interrumpido por las toses de los otros pasajeros y escalofríos que me recorrían el cuerpo entero cuando una ráfaga de aire se colaba en el interior del vagón.

Me desperté al amanecer, y lo primero que vi al abrir los ojos fue el rostro de aquella distinguida mujer petrificado en una expresión de terror, y un profundo corte en su cuello. Mi grito de espanto sobresaltó a todos los viajeros, y el maquinista apareció unos segundos más tarde.

—¡Qué horror! ¡Qué horror! —gritaban mis elegantes compañeras.

Tardé varios minutos en reponerme del susto, mas cuando lo hice, tomé la iniciativa de encontrar al asesino. Hacía unos meses me había aficionado a los libros de Sherlock Holmes, y aquella era la oportunidad propicia para probar mi intelecto. Sería como él, y averiguaría quién había matado a la mujer.

A lo largo del día hice mis pesquisas e interrogué a los pasajeros, sin embargo, cuando la noche cayó solo había conseguido averiguar que la plebe nos odiaba. Al acercarme a ellos sus miradas eran desconfiadas, y los pocos que me respondieron lo hicieron de malas maneras y con palabras hirientes.

La segunda noche no dormí nada. El miedo me atenazaba y le supliqué al maquinista que nos dejase una lámpara encendida.

—Por piedad —le rogué con lágrimas en los ojos.

—No puedo hacer distinciones, señorita. Si les dejo una a ustedes, debería hacerlo también con los otros pasajeros. Y nos quedaremos enseguida sin aceite.

—Pero hay un asesino entre nosotros. Aprovechará la oscuridad de la noche para volver a atacar —sollozó con miedo una de mis acompañantes.

—El resto de pasajeros corren el mismo peligro que ustedes —aseguró el maquinista.

—¿Quién va a querer matar a esas gentes pobres y sin encanto? —respondió, altanera, mi compañera de viaje.

Fue la segunda en morir.

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